Explorando los valles de Capadocia (parte 2)

Globos aerostaticos al amanecer en Capadocia

En el profundo silencio de la noche cerrada, el incansable viento soplaba su canción haciendo eco en las montañas y en las surrealistas formaciones rocosas del Valle Rojo de Capadocia. El sonido de la lluvia rebotando contra la lona de nuestra carpa me había impedido dormir bien, pero de alguna forma el sonido de los motores de los globos aerostáticos a medida que los iban encendiendo me despertó en la oscuridad.

Los colores de a poco volvían al mundo. Las escarpadas puntas de las laderas se teñían de gris mientras los primeros globos aerostáticos iniciaban su lento ascenso para acudir a su encuentro cotidiano con el amanecer. Un espectáculo ya de por sí precioso cuando se contempla en los espacios abiertos de la naturaleza, pero que aquí, en las extraordinarias tierras de la región de Capadocia en Turquía, adquieren toda una nueva dimensión de belleza.

Persiguiendo globos aerostáticos al amanecer

A la espalda llevaba la mochila con las provisiones y la carpa. Era el segundo día caminando por la desértica región de Capadocia y también el último, pero nos esperaba el espectáculo principal, la razón por la que millones de personas visitan la zona cada año: el amanecer decorado por los globos aerostáticos.

Las apuestas eran altas. Lo fácil hubiese sido tomarnos un colectivo hasta la zona que habíamos elegido para ver el amanecer, armar la carpa y descansar cómodamente. Pero nos quedaba aún un camino por recorrer en la region que me despertaba una profunda curiosidad. Sobre todo nos la jugábamos con el clima, porque si llovía no había globos aerostáticos – y vale la pena aclarar, estaba anunciada lluvia para la noche –.

El camino por el Valle Rojo, a pesar de tener un nombre tan parecido al de su vecino (el Valle Rosa) que habíamos atravesado el día anterior, es muy diferente.


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A la sombra de sus acantilados, probablemente favoreciendo por la disposición geográfica la acumulación de agua durante la temporada de lluvias, la vegetación es frondosa y el clima fresco.

Tan abundante es la vegetación que aquí nuestro principal problema, por momentos, era avanzar haciéndonos camino por entre ramas espinosas, frondosos arbustos y árboles de distinta calaña; tan inexplorado parecía el camino, tan abandonado, que constantemente consultábamos el mapa con creciente nerviosismo por temor a haber equivocado de camino.

Cuando por fin empezamos a subir después de cruzar el Valle Rojo

Tardamos más de lo que habíamos calculado, costó más de lo anticipado. Pero llegamos con un par de horas de sobra para armar la carpa, estirar las piernas y esperar el atardecer.

La siempre esperada hora dorada nos deslumbro y pinto el mundo de naranja mientras las nubes de lluvia se cerraban en un cielo cada vez más encapotado.

Soñaba con sacar una foto así desde que compramos la carpa

El rugido de los motores haciendo eco en las paredes y acantilados que abundan en la región nos despertó antes que la alarma de los celulares. En el soñoliento silencio de la primera hora, en la oscuridad de la noche aún cerrada, desayunamos sin salir todavía de la carpa.

La lluvia que nos había molestado durante horas desde el anochecer había cesado y el cielo, a medida que clareaba en la antelación del crespúsculo, se mostraba libre de nubes.

Sin perder el tiempo y adelantándonos al resto de los turistas que sabíamos que llegarían de un momento a otro, cerramos la carpa y nos fuimos caminando hasta el punto que había elegido el día anterior para contemplar el amanecer.

A medida que el sol naciente regaba el mundo de intensos colores los globos aerostáticos empezaron a elevarse. El sonido de sus motores impregnaba el ambiente, en cualquier otro aspecto puro y fascinante.

Las formaciones rocosas en forma de chimeneas gigantes, los valles de diversos colores, los parches de vegetación aquí y allá, todo el mundo parecía contener el aliento a medida que se iba pintando con los hermosos colores del amanecer.

Los globos aerostáticos avanzaron hacia la derecha, hacia nuestra espalda, saliendo de nuestra línea de visión debido a un empinado monte que ahí se encontraba.

Celeste, al igual que todos los espectadores que habían elegido el mismo lugar que nosotros, empezó a descender. Yo me quedé un rato más sacando fotos.

Cuando ya estaba listo para volver a la carpa una necesidad urgente, una idea perentoria, inaplazable, se apoderó de mí: tenía que ver los globos aerostáticos del otro lado. ¿Fue por la foto? ¿Fue por la más pura curiosidad?

Muchas veces es difícil distinguir entre estas dos razones, pero lo que me empujo fue en realidad una necesidad profunda de aprovechar el momento, de estrujarlo un poco más.

La respuesta – o la falta de ella – a la pregunta “¿Cuándo voy a volver a ver esto?” es muchas veces motivación suficiente para llenarse de una energía desconocida y correr, saltar, aguantar, descuidando – perdiendo el interés – el propio bienestar. Y eso hice.

Corrí, salté y me aguanté unas ganas locas de frenar a respirar. Sabía que no tenía tiempo por lo que a pesar de mi exiguo estado físico no me detuve ni un momento. Corrí cuesta arriba con la cámara agarrada con fuerza y una determinación férrea que no sentía desde esa accidental aventura en la Gran Muralla China.

Cuando llegué arriba, seguí corriendo hasta el borde del gigantesco acantilado. Ahora el pasto verde y mojado por el rocío matinal amortiguaba mis pasos y el olor a verde empujado por el viento frío de la mañana me lleno los pulmones de energía renovada.

El paisaje que allí contemple fue tan conmovedoramente único, tan absolutamente mío, que quedaría grabado a fuego en mi memoria.


Nota al margen: el lugar que elegimos para acampar y ver el amanecer es el Sunset Point. Caminamos desde Cavusin y nos tomo unas cuatro horas; si llegan al pueblo y preguntan les van a indicar por donde ir.

En la región de Capadocia se puede acampar prácticamente en cualquier parte, pero para ver el amanecer les recomendamos que elijan bien el lugar por que los globos aerostáticos arrancan a subir dos horas antes, y apenas sale el sol descienden.


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