Crónica de un día fallido en Oporto

Así como hay ciudades que sentimos que nos reciben con los brazos abiertos, también ha habido, si bien en contadas ocasiones, ciudades que parecen empecinadas en que la pasemos mal. En Oporto todo salió a contra mano desde el primer momento. Llegamos con mucha energía después de haber pasado una semana sumamente monótona trabajando en el pueblito de Santa María da Feira, y arrancamos en seguida a recorrer, sin sospechar toda la frustración que nos aguardaba.

Apenas llegamos arrancamos. Caminamos hasta la famosa Librería Lello, pero nos quedamos con las ganas nomas, porque la cola para entrar se estiraba por toda la cuadra (y adentro parecería que regalaban algo por la cantidad de gente que había). Seguimos caminando, a pasear por el Mercado do Bolhao, con la idea de comer algo y descansar un poco del sol que ya nos estaba empezando a picar.

Pero resulta que estaba (y aún ésta) clausurado. Sin dejar que el mal comienzo arruine el día, arrancamos para la costa del Río Duero con la idea de encontrar un lugar barato para almorzar.

Digo con la idea, porque no paso de eso. En todo caso, después de casi una hora caminando, encontramos por fin un lugar que ofrecía un par de menús relativamente cercanos a nuestro presupuesto. Por desgracia, lo barato – a veces – sale caro, y la comida rozaba en lo incomible.

Con el estómago medio lleno y aun metiéndole toda la onda que podíamos, arrancamos a caminar por el Barrio da Ribeira, la zona más turística de la ciudad. Aquí la suerte nos dio un respiro y disfrutamos de una caminata bastante larga por una costanera preciosa, llena de puestitos de artesanías que contrastaban con los edificios coloniales de vivos colores que se erguían a sus espaldas.

Lo más impresionante de la zona fue el Puente Luis I que une ambas orillas del río y se lo puede cruzar por arriba y por abajo, ofreciendo hermosos paisajes a los transeúntes.

Terminado el recorrido, decidimos buscar alguna plaza para descansar y estirar las piernas. Pero resulta que Oporto tiene relativamente pocas plazas, y en todo caso las que encontramos tenían pocos árboles en los que refugiarnos del abrasante sol.

Sin dejar que esto nos desmotive, simplemente nos sentamos en un espacio de sombra en la vereda a tomar una gaseosa y hacer un poco de tiempo.

Cuando el sol empezó a bajar, fuimos a buscar un lugar para comer, esta vez ya olvidándonos del presupuesto. Nos metimos a una panadería que vendía la comida más tradicional de la ciudad, los sándwiches Francesinha. Acá por una vez no le erramos, comimos unos tremendos sándwiches, con abundante salsa, queso y papas fritas. Pero claro, ya me parecía que no habíamos pedido eso nosotros. Cuando terminamos de comer nos dimos cuenta que teníamos que pagar casi el doble de lo que pensábamos.

De ahí nos fuimos directo a bajar la frustración con unos Tangos. No el baile, sino el trago portugués que consiste en licor de Grosella y cerveza tirada. La idea era salir a un boliche, y estirar la noche hasta las 5 A.M., hora en que el servicio de trenes hacia el pueblo volvía a empezar. Pero por más que, una vez más, caminamos y caminamos y caminamos, no encontramos un solo bar o discoteca con gente (con gente joven, en todo caso).

Ya rendidos ante la mala vibra que nos generaba la capital portuguesa, nos fuimos a la terminal a tomarnos el último tren del día. Compramos los pasajes y nos sentamos en el andén a esperar. Cuando se hizo la hora de salida nos resultó extraño no haber visto el tren, así que fuimos a preguntar. Y para terminar un día para el olvido, nos dijeron que el tren ya se había ido, que el próximo salía a las 5 A.M. (eran las 12 de la noche).

Frustrados y tirando el presupuesto por la borda, volvimos al pueblo en taxi y nos terminamos tomando unos cuantos tangos más en el bar local.

Viajar a veces tiene mucho de esto, de que los planes salgan mal, de que las cosas no se den. En días así no queda otra que ponerle la mejor onda posible y esperar a que el día siguiente todo salga un poco mejor.


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