Vivir en Copenhague (parte 2)

Ariel en los techos de Copenhague

El agua estaba helada. El sol de la hermosa primavera danesa brillaba con una belleza imposible pero la temperatura aún no había logrado caldear ni siquiera un poco los tranquilos canales de Copenhague. El botecito que habíamos alquilado avanzaba con una lentitud ridícula, cuando unas ganas incontenibles de saltar al agua se apoderaron de mí. Siempre fue así, el agua siempre me llama. El frío me envolvió con un grueso manto de adrenalina mientras volvía a la superficie a respirar, y a mirar. A mí alrededor se alzaba mi nuevo hogar. Las casitas de colores decoraban alegres la capital de Dinamarca, y yo estaba en casa.

Lee la primera parte de éste relato acá

Volver a volver, ésta vez a casa

Cuando en la primera mitad de nuestro año de Working Holiday en Dinamarca el calendario empezó a pisar los primeros días de Diciembre, se me ocurrió una idea. Por casualidad, tanto Celeste como yo nos íbamos a quedar sin trabajo a finales del año (por el fin de la temporada) y, en lugar de ponernos a la ardua tarea de buscar trabajos nuevos en medio del invierno, se me ocurrió que simplemente nos vayamos.

Y nos fuimos. Durante los 3 primeros meses del año estuvimos viajando, sobre todo por lugares cálidos, escapándole a lo más duro del invierno danés.

Si acabas de llegar a Copenhague no dejes de leer ésto

Entre idas y venidas y algunas idas más, llego Abril y nos tocó volver a Copenhague. La ciudad, lejos de ser el mar de grises y oscuridad que habíamos dejado en Enero, empezaba ya a recuperar todos sus colores con la fuerza del sol y el entusiasmo de la gente.

No hay nada más lindo para experimentar en Dinamarca (y probablemente en todo el norte de Europa) que el final del invierno y la llegada de los primeros días cálidos. La gente, aletargada por el frío y la oscuridad, se vuelca masivamente a las calles. El ánimo es asombroso, unánime. Todos están contentos, las plazas y los parques no dan abasto por la cantidad de gente que se pasa el día allí, ya sea comiendo y tomando con amigos, o simplemente estando ahí, al aire libre, al sol.

Y nos sentimos en casa. Nos sentimos parte de esa euforia colectiva. Después de viajar por unos meses, volver a Copenhague fue volver a un lugar que conocíamos, que entendíamos. Fue reencontrarnos con amigos, fue volver a trabajar, volver al Foodsharing, volver a Cristiania. Fue volver, otra vez, pero esta vez a un lugar que ya por entonces iba pintando como un segundo hogar.

Trabajando duro o durando en el trabajo

En mi vida la cuestión laboral siempre estuvo determinada, como en la mayoría de las personas, por la colisión de dos variantes: hacer lo que me gusta o hacer lo que genere más plata más rápido. La necesidad y la lógica siempre me han empujado por lo segundo, si bien en muchas ocasiones, afortunadamente, ambas variantes coincidieron en un trabajo que me gustaba y que era conveniente.

Lee la guía completa para trabajar en Dinamarca

En Copenhague, pase la primera mitad del año trabajando en un depósito. Si bien siempre me gustó el trabajo físico, no es lo que prefiero. El trabajo que más disfruto siempre fue la hospitalidad. Trabajar en restaurantes, ya sea de mozo, de bartender, de ayudante de cocina o cocinero. Y este año fue cuando dije basta.

Decidí eliminar una de las variantes, particularmente la de la plata, para de una vez por todas dedicarme exclusivamente a labores que disfruto. Y costó, y hubo mucho de animarme a fallar, pero después de pasar por varios lugares termine trabajando en uno de los bares más reconocidos de la ciudad.

Ariel con sus compañeros de trabajo en Copenhague
Afterofice con los compañeros de The Oak Room en algún bar de Copenhague

Durante mi primera jornada The Oak Room me plegué a una costumbre del bar. La misma consistía en que al ser mi primera noche, no podía rechazar el constante torrente de medidas de tequila, Fernet y vodka que me ofrecían. La noche avanzo a tropezones mientras trataba de mantenerme lo más sobrio posible (estaba trabajando después de todo) y al mismo tiempo seguirle el ritmo a la no tan noble tradición del bar.

Eventualmente terminó el servicio y para entonces yo ya estaba perdidamente borracho. Al parecer había pasado la prueba, pero me esperaba una aún más difícil: volver a mi casa.

Abandone la bicicleta (la única decisión correcta de la noche) y me decidí por volver en colectivo. Si hubiese estado sobrio, hubiera bastado con tomarme el 5S que me llevaría directo a la esquina de mi casa en unos 10 minutos.

En cambio, agarre para el otro lado y me subí al primer colectivo que paso. Una vez en la cálida comodidad del interior y al fin en silencio, me dormí. Desperté unos 10 minutos después, aun borracho y ahora perdido. Me baje inmediatamente del colectivo y, creyendo saber dónde estaba, entre a una estación de metro, donde tome el primero que apareció. Una vez adentro, volví a dormirme. Desperté 20 minutos después, aún borracho y aún perdido.

Me baje del metro y subí a la superficie. No sabía dónde estaba pero había una parada del 5S y estaba seguro (con esa seguridad de los borrachos) que me llevaría a casa. Solamente tenía que subirme y no dormirme. Subí y no te duermas, subí y no te duermas, me repetía. Así que luego de esperar 10 minutos (¿ya les conté que hacia 5 grados?), el colectivo al fin llego. Me subí, y enseguida me quede profundamente dormido.

Casi 45 minutos después me desperté en una de las escenas más extrañas en las que alguna vez me desperté. El colectivo se encontraba parado y desierto. Una densa niebla envolvía el vehículo y anulaba casi por completo el campo de visión de las ventanillas. Tardé unos segundos en entender qué estaba pasando. Una autopista se extendía cerca de donde me encontraba y cada tanto pasaba uno que otro auto a toda velocidad.

Según mi celular, que ahora podía apreciar que rebosaba de mensajes de Celeste preguntándome donde me había metido (eran casi las 9 de la mañana), el colectivo salía de donde estaba en 20 minutos. Resignado, y ya suficientemente sobrio, volví a subir a esperar para poder terminar tan accidentada noche.

Ah, y el trabajo lo conseguí, y lo mantuve hasta el último día de mi vida en Copenhague.

Si fuera verano todo el año, sería el paraíso

La frase del título no es de mi autoría. Me la comento un amigo y compañero danés cuando, en el comienzo del invierno, me queje de la nieve y la oscuridad. Me lo dijo, pero yo no lo comprendí hasta que no viví el verano en Copenhague.

Imaginen si pueden que el sol se tomara vacaciones. Más allá del frío, más allá del bronceado, más allá de la ropa de verano, lo que más extrañarían es la luz. Y en Copenhague la luz del verano convierte a la ciudad en el lugar más extraordinario para vivir en este mundo. Dura poco, sí, porque si no, como bien dijo mi amigo, sería el paraíso.

Los días de verano en Copenhague están plagados de aire libre. Los parques rebosan de gente, las calles y las plazas se convierten en mercados, se construyen escenarios, se llenan las playas, explotan Cristiania e Island Bryyge (mis dos lugares preferidos en la ciudad).

Ariel frente a uno de los Gigantes de Copenhague
Visitando los Gigantes de Copenhague

De ésta Copenhague nos tocó irnos. Fue difícil. La ciudad para ese entonces nos calzaba como un guante. Habíamos formado una vida estable y cómoda. Teníamos trabajos, amigos y actividades todo el tiempo. Y para colmo llego el verano y todo lo que nos había hecho irnos en invierno nos hacía querer quedarnos ahora.

Dejar Copenhague fue difícil, pero necesario. Nuestro propósito en Europa, o en Copenhague al menos, no fue nunca formar una vida estable y duradera. O al menos no duradera. Así que cuando nos dimos cuenta el día de armar las mochilas llego. Y con el sol brillando a través de los ventanales del tren nos despedimos de nuestro cuarto, pero no último, hogar.


Como siempre, los invitamos a que nos acompañen en Facebook e Instagram, y a que se suscriban al blog ingresando su email debajo y haciendo clic en seguir, así serán los primeros en enterarse cuando publiquemos en el blog.

¡Qué tengan buenas rutas!


¡Viaja con nosotros!

¡Sumate a los más 700 suscriptores de Viajando Vivo!

Pone tu email abajo, hace clic en SEGUIR y ¡ya formas parte de nuestro viaje! - Vas a recibir en tu correo un email cada vez que publiquemos un articulo nuevo en el Blog.

¡COMPARTILO!👇🏻

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

¡COTIZA TU SEGURO DE VIAJE ACÁ! 👇🏻




¡Escucha mi podcast!

¿Se te perdió algo?

¡Sumate a los más 700 suscriptores de Viajando Vivo!

Pone tu email abajo, hace clic en SEGUIR y ¡ya formas parte de nuestro viaje! - Vas a recibir en tu correo un email cada vez que publiquemos un articulo nuevo en el Blog.

¡COTIZA TU SEGURO DE VIAJE ACÁ! 👇🏻