Voluntariado en Portugal: de lo monótono a lo bizarro

Haciendo un voluntariado con Worldpackers en Portugal

Todos los vasos de cerveza y las tazas de café se detuvieron a medio camino. Las personas sentadas en la barra se sumieron en un silencio repentino, coordinado. Al unísono abrieron los ojos con sorpresa, intercambiaron miradas nerviosas, procuraron escuchar. Del otro lado de la barra, mientras secaba copas, pude sentir como el ambiente se había tensado. A mi izquierda Rodrigo había empezado a conversar con un señor al que nosotros llamaríamos, en adelante, el capo di tutti de Santa Maria da Feria, el pueblito donde fui a hacer un voluntariado en Portugal.


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El sol iluminaba los pastizales que crecían descuidados al costado del camino. La luz empezaba de a poco a darle color a las casas, que se emplazaban a varios metros las unas de las otras, como para aprovechar el amplio espacio que les ofrecía la campiña rural portuguesa.

El eco de mis pasos sobre el asfalto se mezclaba con el del suave viento de verano que me aliviaba del calor, mientras avanzaba con la mochila a la espalda hacia el centro de Santa Maria da Feira a vivir dos semanas de una singular experiencia: hacer un voluntariado en Portugal, trabajando a cambio de alojamiento en un pueblito del norte.

Santa Maria da Feria, o un típico pueblito portugués

Cuando decidimos ir a vivir unas semanas a la campiña portuguesa no sabíamos muy bien que esperar. El pueblo no se encontraba en la costa, detalle importante que decidimos ignorar y que después lamentamos. El caluroso verano portugués deja con pocas opciones de entretenimiento a los habitantes de este pueblito.

Como atractivo turístico, y no uso el singular por capricho, es el hermoso (aunque pequeño) castillo que se alza en la colina del pueblo. Listo, nada más. Oporto, que en el mapa parecía tan cerca, quedaba incómodamente lejos debido a la lentitud de los trenes. Esto, sumado a que trabajábamos en horarios distintos, provoco que en dos semanas solo pasáramos un día en la capital – y fue un día bastante accidentado, para colmo –.

En una tarde pude conocer todo el pueblo. Camine por las 2 cuadras de la calle principal, me senté a leer un buen rato en la plaza principal y luego de intentar colarme en el cementerio de la iglesia principal porque estaba cerrado, di una vuelta larga por las calles que se alejaban del “centro” del pueblo. Me pareció curioso que en un pueblo todo es principal, porque no hay nada que le haga competencia.

Voluntariado en Portugal: trabajando en vacaciones

A través de la plataforma de Worldpackers nos pusimos, varias semanas antes, a buscar un hostel para ir a trabajar a cambio de alojamiento en cualquier lugar de Europa. De los varios lugares que contestaron, nos quedamos con uno de Santa Maria da Feira porque el trabajo era ayudar en la barra del bar durante algunas horas del día a cambio del alojamiento y nos pareció interesante.

El castillo de Santa Maria da Feira a vista de drone

Esto último, el carácter de interesante, suele ser condición suficiente para la mayoría de mis decisiones en los viajes.


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Nuestras tareas eran simples y fáciles. El hecho de no hablar el idioma local y que los locales no hablen ninguno de nuestros idiomas era el único inconveniente, pero recurriendo al argentinísimo portuñol nos manejamos bastante bien.

Ayudó, cabe agregar, el hecho de que en Santa Maria da Feira parecen existir dos bebidas solamente: el cafesiño (café negro) y el Fino o finiño (cerveza tirada). Una vez que logramos identificar esas dos palabras, y teniendo en cuenta mi experiencia previa trabajando en la barra, el trabajo se volvió sumamente fácil.

¿Son amigos del Capo di Tutti?

Lo verdaderamente interesante de nuestra experiencia de voluntariado en Portugal lo descubrimos la primera noche que salimos al boliche del pueblo. En realidad, no era más grande que cualquier bar estándar de cualquier pueblo (un bar de ciudad seria el triple de grande).

Cuando llegamos, luego de terminar mi turno a la una de la mañana, tuvimos que hacer cola durante un rato y apretujarnos para entrar. Inmediatamente todas las miradas se fijaron en nosotros y caímos tarde en la cuenta de que debíamos de ser los únicos desconocidos del bar.

Como pudimos avanzamos hasta la barra aguantando codazos y espaldas que se negaban a moverse un ápice a pesar de nuestra insistencia. El Barman nos ignoró todo el tiempo que pudo y cuando se dignó a atendernos lo hizo lo más rápido posible y sin el menor interés.

Ya con nuestros vasos de cerveza, nos movimos (entre más empujones y apretujamiento) hasta el centro, donde se condensaba la gente y la nube de humo de cigarrillo. Allí encontramos al hijo del Capo di Tutti, que al reconocernos como sus nuevos voluntarios nos abrazó.

El cambio de actitud a nuestro alrededor fue tan ridículo que roza en la ficción. Inmediatamente toda persona en el boliche evito tocarnos. Bastaba con apuntar los pies en una dirección para que se abriera mágicamente un camino humano por el que podíamos desfilar. A un movimiento de la mano de nuestro anfitrión, el barman dejo (!) el trago que estaba preparando y nos sirvió dos finos por los que nunca pagamos.

Nuestra existencia en el pueblo cambio a partir de esa noche. De entonces en adelante, éramos los amigos del Capo. Esta situación nos divirtió al principio, pero llego a extremos que no hicieron más que incomodarnos.

Dejamos de hacer cola en los bares, en donde los bármanes siempre nos atendían primero y rara vez nos cobraban por todo lo que tomábamos. La gente se corría a nuestro paso, y no solo en los boliches. Todos en el pueblo sabían quienes éramos y nos miraban, ¿con miedo? La pregunta no espero mucho para hacerse presente en nuestra cabeza ¿Quién es realmente este tipo para que la gente le tenga tanta aprehensión?

Si esperan encontrar la respuesta al final de este relato, los voy a decepcionar. No hay un final revelador ni espectacular. Las siguientes dos semanas pasaron en esa rutina monótona de trabajar, salir y dormir. Nunca pudimos pasar con nadie en el pueblo la bizarra barrera que habían construido el Capo ni su hijo al reconocernos amistosamente en público.

Nadie nos faltaba el respeto, pero todos se cuidaban de no hablar demasiado con nosotros, de no entablar una amistad. Nos dejó tan perplejos entonces como aún lo estamos ahora. Por lo menos Santa Maria da Feira no nos decepciono en cuanto a la principal razón por la que fuimos, la experiencia fue sin dudas de lo más interesante.


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2 respuestas en “Voluntariado en Portugal: de lo monótono a lo bizarro”

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