Crónicas de un Emigrado: Capítulo 1

Celeste en las calles de Berlín

Emigrar es partirse el alma al medio. Una parte queda siempre atada a nuestro origen, a nuestra familia que nos espera siempre, nuestros amigos que continúan creciendo por su lado, a esas calles que evocan una nostalgia dolorosa cuando las pensamos; y la otra vive en un presente en el que elegimos estar pero en el que no terminamos de encajar, en una realidad que fabricamos a nuestra medida a golpe de voluntad. Pero nunca estamos completos, porque nuestra vida discurre en dos lugares al mismo tiempo, y por todo lo que vivimos, en la misma medida pasa todo eso que elegimos resignar, que elegimos no vivir. Te invito a que te lo imagines:

Emigrar

Imaginate que acabas de llegar a un nuevo país. Caminas por las calles de la ciudad que elegiste, capaz que al tun-tun o por ahí a partir de años de meditación, todavía con la mochila en la espalda o con la valija haciendo ruido contra las baldosas de la vereda. El mundo a tu alrededor no se inmuta en lo más mínimo ante vos, que llegaste tarde a la función de una ópera sin principio ni final. La gente va y viene apurada en sus asuntos. ¿Y ahora? Te preguntas. Tu familia y tus amigos se quedaron en el aeropuerto y sus abrazos todavía se sienten en tu piel. Estas sólo, lejos, y el campo infinito de posibilidades de pronto se hace real en tu conciencia, y por un momento sentís esa mezcla de miedo y adrenalina que señala el comienzo de cualquier aventura.


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Te vas para el hostal que tenías reservado. En la habitación de ocho camas ya hay cuatro chicos durmiendo y un señor que tiene pinta de vivir ahí. Hasta acá todo bien, en la cocina hay café y té para sacar a voluntad, aunque a vos te pesa el kilo de yerba que compraste en la despensa hace dos días. Que lejano parece ahora ese momento tan familiar. Sin esperar mucho, te vas a recorrer tu nuevo hogar.

Los negocios te parecen raros. A pesar del ruido de la calle, de la cantidad de gente que va y viene ocupada, sentís como un silencio flota a tu alrededor, más espeso que el aire. Claro, ahora te das cuenta. Esto debe sentirse estar solo. Buscas un lugar para comer, pero nada te convence. No llevas ni un día afuera pero ya te moris por una milanesa con pure. Además, no queres cenar solo en un restaurante. Vas al supermercado y te pasas media hora dando vueltas, perdido. ¿Dónde están los sachet de leche? ¿Y la crema? Aguanta. ¿Y el queso crema, las milanesas de carne, la tira de asado? Ya fue, te compras una piza congelada y una birra, y te devolves a tu hostal. Mañana arranca tu nueva vida.

Encarar

Te despertas temprano y te toma unos minutos acordarte donde estas; y cuando lo haces, te quedas un buen rato mirando el techo. El sol que entra por la ventana te hace sentir culpable. Tengo que arrancar, che, que se me pasa el primer día. Te levantas y te tomas unos mates con mucho gusto a hogar, y el día te parece un poco más cálido. Hoy toca empezar con los trámites, aunque van a tomar días, quizás semanas (ojala no meses): fijar la residencia, sacar un código de impuestos, registrarte en el servicio de salud, abrir una cuenta bancaria y comprar una línea de teléfono. Al mismo tiempo, tenes que encontrar algún lugar para imprimir tu currículo. Eso va a ser fácil. Lo difícil vendrá después, asumís.

¿Qué te hizo pensar que la burocracia era insoportable solamente en tu país? Acá también es un quilombo. Vas y venís de una oficina a la otra. El primero que te atiende te habla rápido y no le llegas a entender, y cuando te haces entender, parece que no sabe nada de esa visa tan específica que sacaste vos. Mejor anda a la oficina de la otra calle, que capaz que ahí saben. Almorzas algo por ahí y te vas para esa oficina. Ahí te entienden, pero te dicen que te falta un formulario, que lo descargues de internet, lo llenes y vuelvas la semana que viene, que para ésta ya no hay turnos.


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Tropezar (y aprender)

Pasan los días y el silencio que sentiste en la calle el primer día se hace más espeso todavía. Sabes que hay una comunidad de argentinos en la ciudad, y hasta viste algún que otro mate dando vueltas por un parque, pero te repetís que no te fuiste hasta la otra punta del mundo a estar con argentinos. Sin embargo, no pasa de una semana antes de que, sin saber muy bien por qué (te pones muchas excusas, de todas formas), te acerques a una ronda de mate y digas: disculpen chicos, hace mucho que no tomo un mate (mentira, en tu casa tenes aún medio paquete de yerba), ¿me puedo sumar a la ronda?. Noventa y nueve de cada cien veces te van a sonreír y a decir variaciones de ¡más vale! Y es que un argentino no está nunca realmente solo. Ya te sentís mejor. No te habías dado cuenta lo mucho que extrañabas conversar. Ellos están hace más tiempo acá, y también pasaron por las vicisitudes de la burocracia. No te preocupes, che, que al final sale todo. Te sentís mejor, mucho mejor. Y entonces las piezas empiezan a encajar.

Te salen algunos trámites, al menos los necesarios para empezar a buscar trabajo. Ya tenes un número de teléfono local y dos o tres contactos a los que podes llamar para tomar unas birras o unos mates, según la hora a la que pinte la juntada. Empezas de a poco a preguntar a tus escasos conocidos ¿sabes de algún laburo? Busco cualquier cosa, con tal de arrancar a trabajar. E intuís que es cuestión de preguntar y preguntar; y en efecto así es, por que llega el día unas semanas después de que pisaste esa calles nuevas, en que pegas tu primera entrevista laboral.

Ya te sentís canchero con el idioma, pero te pone nervioso que se den cuenta de que mentiste en tu currículo. Y vas a la entrevista, y aunque te va bien y no te mandas ninguna cagada, en la prueba (¿Por qué acepte hacer la prueba ahí mismo? Te preguntaras después) te va para la mierda. Quemaste el café y se te cayó un plato al suelo.

Pasó el primer mes y seguís sin cobrar un sueldo. Exprimis los ahorros que trajiste para pagar las cuentas y te preguntas adonde se fue toda la plata que tanto tiempo pasaste ahorrando. Por suerte te fue mejor en la segunda entrevista. La encargada de ese local era más abierta y, a cambio de la promesa de trabajar durante un año (que sabes que no vas a poder cumplir, pero la haces igual), accede a entrenarte. A pesar de que los ahorros ya aprietan, te negas a pedir un adelanto, y no tenes confianza para pedirle prestado a tu amigo, y ni se te ocurre pedir ayuda a tu familia. Te fuiste asegurándole a tu vieja que todo te iba a salir bien, y no te da el orgullo para pedir ayuda ahora. Así que te apretas el cinto y comes fideos con crema todos los días durante un mes. De la birra ni te acordas y el mate ahora lo tomas lavado. Tu amigo ya sabe cómo es porque él también la paso, así que te hace el aguante y en lugar de invitarte al bar, cae a tu casa con la coca y unas pizas. Que grande, loco – le decís – apenas cobre invito yo las birras. Pero él te dice que no hay drama. Al principio todos la tenemos que remar, no hay vuelta.

En el laburo el idioma es una barrera apenas incomoda, comparada con la idiosincrasia, con las diferencias culturales que te separan de tu encargada y de tus compañeros. Nadie te sonríe cuando llegas y apenas te devuelven el buen día de rigor que tan acostumbrado estabas a dar en tu laburo en Argentina. No te incluyen en los chistes y se exasperan cuando pedís que te repitan una instrucción. Y cuando viene un cliente te da pánico no entender la orden. Y hasta que no paga y se va no estás seguro de que no te hayas equivocado. Para colmo no sonríen ni por plata, así que no tienes forma de saber que tal hiciste ese café o si preparaste el sándwich como lo pidieron.

Aguantar

Y un día llega el primer sueldo, más o menos al mismo tiempo que los tramites por fin van terminando de salir. Ya te sentís un poco más a gusto, y te compras un vino para festejar con los muchachos. Pagas el alquiler, le cargas crédito a tu teléfono, haces una compra grande en el super, y te das cuenta que todavía te queda la mitad de tu sueldo. ¡Vamos carajo! Pensas, imaginando todo lo que vas a poder ahorrar en unos meses.

Si hay buen clima tenes suerte: dedicas cada rato libre a relajar en las plazas de la ciudad con los muchachos, circulando el mate a la tarde, y la birra a la tardecita. A la noche pinta el vino y si hay parrilla, contate especialmente afortunado. Si la latitud de tu nuevo hogar encierra duros inviernos y pálidos veranos, la cosa no va a ser tan linda: los meses oscuros del invierno te vas a sentir más solo que nunca. Vas a extrañar el sol que en Argentina alivia hasta el peor día del invierno. ¡Y pensar que me quejaba del frío! Vas a pensar, y también, más seguido de lo que te imaginas: ¿¡Qué mierda hago acá!?

Emigrar a Berlin

Esa pregunta va a surgir muchísimo durante los primeros meses después de emigrar. Te lo vas a preguntar en silencio, enojado o triste, cada vez que las cosas no salgan como vos esperabas. Cuando te encuentres limpiando inodoros en un hotel o cargando cajas de sol a sol en una fábrica, o aguantando al racista de tu jefe, o cuando te enfermes, por ejemplo. O tal vez no entonces, pero si en otro momento. Cada uno viaja cargando sus propias expectativas, y estas expectativas tarde o temprano dejan de cumplirse, y lidiar con eso es parte de entender que la realidad rara vez se acerca a la imaginación. Y eso no tiene por qué ser malo. Te lo preguntas y no recibis respuesta. Es como un papelito que soltas en un día ventoso. Lo ves flotar un rato a la deriva y antes de que se pierda ya te distrajiste y te olvidaste que existía. Y seguís con tu vida, porque no hay camino que vaya para atrás.

Pasa el tiempo y todo viene saliendo bien (¡por fin!) justo cuando te acordas que mañana es el cumpleaños de tu viejo. Ya te perdiste el de tu mejor amigo de la infancia y fue duro, pero esta vez es doloroso. Cuando están todos reunidos, te llaman por video y entre el griterío de familiares y amigos, que te saludan del otro lado de la pequeña pantalla de tu celular, lo ves a tu viejo sonriendo con una copa de vino en la mano, y te moris por estar del otro lado de la pantallita. Y después de un rato se despiden todos a los gritos, ya viene la torta. Cortas la llamada y te quedas en silencio, solo. Que lejos que estas. Te pesa la añoranza, y te acordas como el año pasado no veías la hora de que tu viejo sople las velas para poder ir a tomar una birra a lo de tu mejor amigo, ese que cumplió años la semana pasada.

Vas a llevar un pedazo de esa añoranza siempre. Su peso se va a volver natural en tu alma, que siempre va a cargar un poquito de melancolía por todo lo que te vas a perder. Cada camino que decidís transitar son mil más que no elegís. Y los días se convierten en semanas y las semanas en meses.

Y con el tiempo, tu vida te vuelve a parecer normal, mundana. Pero en esa normalidad que tanto te costó construir, sos feliz. Porque la felicidad solo es posible en una realidad construida a medida, por uno mismo. No es necesario viajar para encontrarla, pero si ser artífice de la propia realidad.

Nunca vas a ser local en otras tierras, pero ya cambiaste tanto que tampoco vas a estar del todo cómodo en tu país. Una vez emigrado, vas a ser siempre un emigrante. No del todo cómodo ni acá ni allá. Tu alma dividida entre el antes y el después, y tus pies inquietos que se preguntan, de nuevo, si no será la hora de buscar otro lugar para vivir, otra vez.


Lee el siguiente capitulo de Las Crónicas de un Emigrado acá



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5 respuestas en “Crónicas de un Emigrado: Capítulo 1”

Hermoso relato, me quedo con la frase “La felicidad solo es posible en una realidad construida a medida, por uno mismo”

Gracias!

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