Aventuras en Bratislava

Caminando por edificio abandonado en Bratislava

Hay días que resultan imposibles de anticipar, que nos envuelven en una sucesión impredecible de eventualidades como la corriente de un río en la que simplemente nos tenemos que dejar llevar. Así fue conocer a Peter, el pibe que me alojo en Bratislava, Eslovaquia. Me encontré con él a eso de las cinco, cuando el sol por fin empezaba, de a poco, a aflojar el azote sobre la ciudad. Me preguntó si me interesaba ir a nadar al Danubio. ¿Ahora? Sí, ahora. El chico destilaba energía y ni se me paso por la cabeza negar ese llamado a la aventura.

Contra la corriente en Bratislava

Viajamos casi una hora entre colectivos y caminata hasta encontrar, en un angosto afluente del Danubio a las afueras de Bratislava, un lugar sin gente en el que meternos. Acá el río corría con menos fuerza pero no por eso dejaba de amenazar con una correntada que me recordaba tanto al Paraná de mi infancia. Dejamos la mochila y, escapando de los nubarrones de mosquitos que ya se cebaban para el festín, nos tiramos al agua. El golpe de frío me cortó el aire un segundo pero también me lleno de euforia. El fondo era un lodazal que me abrasaba los tobillos. Nadamos un rato contra la corriente que nos alejaba del pedazo de orilla donde aguardaban nuestras cosas. La hermosura de nadar en el río me trajo más recuerdos que cualquier edificio, castillo o iglesia que hubiera visto esa mañana en la ciudad.

Desde el río caminamos colina arriba durante casi una hora para llegar a su habitación en la universidad. Mientras cenábamos, temprano, me preguntó si me interesaba ir al bosque a conocer una base nuclear soviética abandonada. ¿Ahora?, sí, ahora. Y arrancamos. Tres colectivos y empezamos a caminar colina arriba, otra vez. El atardecer pasó de largo mientras cenábamos y la hora azul que apenas nos iluminaba al principio, se convirtió en noche cerrada a medida que nos adentrábamos en el bosque. El camino apenas se distinguía pero Peter lo sabía de memoria. Eventualmente empezamos a correr: los mosquitos ahora nos rodeaban de a miles y solo el movimiento parecía espantarlos. Era una pelea perdida, pero el sentido de la aventura es como un elixir sobre un cuerpo cansado. Y la aventura estaba todavía lejos de terminar.

Alfombra de vidrio y alambre de púas

El edificio de concreto se materializo de repente entre los árboles, apenas iluminado por la luz de nuestras linternas que se colaban entre la espesura del bosque. Se notaba el abandono en la gruesa alfombra de escombros esparcidos por el suelo y en el sonido crujiente de los vidrios que pisábamos al caminar. Avanzamos por lo que había sido el primer piso e ingresamos a un largo pasillo que desembocaba en una escalera. Los portales mostraban los goznes donde alguna vez hubo puertas, y más allá del límite de la luz, residía una oscuridad espesa e insondable. Las paredes estaban descascaradas y tapadas de grafitis. Subimos al segundo piso y se repitió la imagen: un pasillo largo y oscuro con puertas a ambos lados.

A través del orificio de una ventana trepamos a la terraza y nos recibió el fresco aire nocturno, y un cielo sin nubes que mostraba algunas estrellas, y un mar de árboles recortados contra la débil claridad de esa noche eslovaca. Las luces de Bratislava eran apenas unas lamparitas en la distancia. “¿Ves esa torre de comunicaciones?” La torre era gigante, al menos cinco veces más alta que los árboles que la rodeaban. “Vamos a escalarla, ¿te animas?”

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Volvimos al bosque pero solo por un rato. Peter conocía el camino mejor de lo que yo conozco las calles de cualquier ciudad en la que haya vivido. Alrededor de la torre había un alambrado coronado con púas. Nos trepamos primero al techo de la garita de seguridad, y desde ahí, con cuidado, cruzamos al otro lado. Desde abajo la interminable escalera vertical parecía tocar el cielo. Se perdía en la oscuridad de la noche. Peter fue primero y yo último. Cada escalón que subía me alejaba más de la seguridad y me acercaba peligrosamente al agotamiento. Mi cuerpo me daba las primeras advertencias: me empezaron a temblar las manos, y luego los pies; se me acelero la respiración. Se me ocurrió mirar para arriba, y me asuste, y mire para abajo, y el vértigo me congelo. Hasta acá llegué, pensé. No dudaba que tendría energía para llegar hasta arriba, pero sabía a ciencia cierta que no me alcanzaría para bajar.

Espere un buen rato, a merced de los mosquitos, a que Peter volviera de la cima de la torre. Volvimos a cruzar la alambrada y corrimos de nuevo por el bosque, todavía perseguidos por nubes de mosquitos. Tardamos casi una hora en volver a la ciudad. Ya era noche cerrada, y el bosque respiraba a su propio ritmo. Vi arbustos moverse sin ofrecer explicaciones, sentí el canto de los murciélagos iniciando su jornada, de casualidad evite pisar una gran víbora que apareció a ultimo segundo el borde de suelo iluminado por mi linterna.

Hay días que resultan imposibles de anticipar, que nos envuelven en una sucesión impredecible de eventualidades. En días así, conviene dejarse llevar. No se puede ir a en busca de la aventura, sino que sólo podemos ponernos en una situación en la que la aventura nos encuentre a nosotros.


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