Vivir en Berlín (parte 1)

Estacion de trenes en Berlin

Es una ciudad que nunca duerme, que nunca se detiene ni siquiera a tomar aire. El ritmo al que se mueve es frenético, y se puede sentir al aire vibrar en cada esquina. Vivir en Berlín no puede dejar a nadie indiferente; y a los locos que elijan hacerla su hogar, los va a marcar para bien o para mal. Nosotros fuimos de esos locos por un tiempo, cuando decidimos echar cortas raíces en Berlín, la capital de Alemania, el centro del universo.

Llegar a Berlín

Llegamos a Berlín cansados, dando comienzo a nuestra cuarta Working Holiday Visa. Terminaba nuestro segundo verano en Europa después de vivir un año en Copenhague y no estábamos listos para volver a encarar los chirriantes engranajes de la burocracia. Pero no había mucha vuelta que darle. Por suerte encontramos alojamiento en pocos días y antes de que termine nuestra primera semana en la ciudad nos mudamos a un hermoso mono ambiente (¡hacía años que no vivíamos solos!) en el barrio occidental de Wilmersdorf. Los primeros días los dedicamos a convertir esos 36 metros cuadrados en nuestro hogar de cara al inminente invierno, y a entender la ciudad. Lo primero no resulto difícil; lo segundo nunca lo terminamos de conseguir.

Berlín es una ciudad extraordinaria. Es gigante, caótica, cambiante y llena de contrastes. A treinta años de la caída del muro, la división entre este y oeste sigue siendo válida. Cada barrio tiene su estigma y el transporte público riega de gente cada rincón de la metrópolis. La creatividad se respira en todas partes: cada pared tiene un grafiti, cada vagón de metro un músico callejero, cada noche una exposición de arte o de fotografía, cada parque algún mercado de artesanías. Cines independientes, bares bizarros, mesas de pin pon por todas partes, boliches que abren de a varios días a la vez, auténticos bosques repletos de verdor y de silencio. Berlín es una ciudad con una personalidad única que se autodefine y se transforma todo el tiempo a una velocidad vertiginosa. Es una olla en la que hierve la creatividad de cientos de nacionalidades diferentes, cada cual con su cultura, su idioma y su arte.

Nunca termine de entenderla, pero si algo aprendí en Berlín, es que no es necesario entender para querer. Porque por más que tuve mis encontronazos con la ciudad, cada vez que me fui me costó dejarla, y cuando al fin llegó el momento de armar la mochila, se me amontonó un torrente de emociones encontradas. Pocas ciudades atraen tanto como ella. Es un imán para las almas inquietas, un refugio para los diferentes.

Trabajar en Berlín (primer round)

Dos semanas pasaron volando, entre compras y paseos. Celeste consiguió trabajo – esta vez en la cocina de un Hotel en el centro – a los pocos días de comenzar la búsqueda laboral y para entonces ya llevaba una semana trabajando. Yo empezaba a ponerme ansioso. Llevaba aplicando a más de cuarenta posiciones de trabajo y todavía no había recibido ninguna respuesta. Ya cuando había salido de Australia hacía varios años me había jurado no volver a trabajar en limpieza a menos que sea realmente necesario, pero la ansiedad me llevo ese lluvioso día de otoño a inscribirme en Helpling, una agencia de limpieza similar a la Happy Helper de Dinamarca que Celeste había utilizado el año anterior.

Me encontraba caminando en la calle cuando recibí dos mensajes a la vez. El primero, de una señora que vio mi perfil y me quiso contratar para que vaya a limpiar su casa; el segundo, el de la encargada de una cafetería para que vaya a una entrevista. Ignore el primero y, contento y aliviado, respondí al segundo. Si hubiera hecho al revés tal vez me hubiese ahorrado muchos problemas.

Me vas a pagar lo que me debes, hasta el último centavo

A los pocos días empecé a trabajar en la cocina de Superladrones – el nombre es meramente ilustrativo –, un restaurante de cocina vegana y orgánica. No tomábamos órdenes, sino que hacíamos producción para las 3 tiendas de la franquicia. Junto a una chica española nos encargábamos de preparar cientos de sándwiches, y de litros de yogurt, de porridge, y demás, por día. Trabajábamos 7 en una cocina para 3, en un ambiente frenético y cargado de malestar. Todos corríamos contra reloj todos los días, trabajando hasta 12 horas (mi turno más largo fue de 16) sin pausas ni comida. La suciedad reptaba por las paredes y más de una vez nos veíamos obligados a, simplemente, no lavar los utensilios. Me parecía una escena sacada de Kitchen Nightmares. Pero decidí aguantarme unos meses y mientras tanto ir buscando otro trabajo. Al fin y al cabo, me repetía, podría ser peor.

Mis jefes eran una pareja de alemanes jóvenes con más plata que inteligencia que veían a sus empleados como sirvientes, y así nos trataban. Cada día salía frustrado de trabajar y anotaba mis horas en mi celular, esperando con ansiedad mi primer sueldo que al fin me saque de los números negativos en los que siempre se incurre al comenzar una nueva WHV. Mis días se volvieron lentamente una repetición constante de pelar paltas, revolver yogurt y rellenar heladeras, y lidiar con el clima toxico de una cocina mal administrada. Nuestros jefes no nos compraban ni jabón para lavarnos las manos, ni trapos para secar, ni elementos de primeros auxilios. Pero todo esto, absolutamente todo, lo hubiese podido aguantar varios meses, si no hubiera pasado lo que pasó.

Por fin terminó el primer mes. Había acumulado más de cuarenta horas extra y estaba feliz, esperando que al fin se infle mi nueva cuenta alemana que seguía casi en cero. Silenciosamente fueron pasando los días, y nadie en la cocina cobraba su sueldo. Siempre se atrasan, me dijo mi compañera de estación, a mí me tardaron 20 días en pagar el mes pasado. No pensaba tolerar eso y todo el asunto me daba demasiada mala espina. Ese mismo día, al final de mi turno, me acerque a la encargada y le pedí hablar en privado.

– Mira, todavía no he recibido mi sueldo del mes pasado – le dije.

– ¿Cómo que no? ¿Ya nos pasaste tus datos bancarios? – me pregunto, sorprendida.

– Claro, se los pase durante mi primera semana ¿Ustedes ya hicieron la transferencia?

– La hacemos el primer día de cada mes ¿Qué banco tenes?

– El N26.

– ¡Ah! Ese banco es bastante malo, todavía no te debe haber llegado…

– Pero a ninguno de mis compañeros le llego su pago tampoco, y ellos tienen otros bancos.

– ¿Qué compañeros? – me pregunto, pero antes de que le pueda contestar continuó, a la defensiva – si queres te podemos mandar un comprobante de la transferencia mientras tanto.

Bueno, perfecto – le dije – eso es lo único que me haría falta.

Volví a mi casa mucho más tranquilo, pero no me duro mucho éste estado de ánimo. A la mañana siguiente recibí un correo del marido de la encargada en el que me acusaba de conspirar con mis compañeros de trabajo para boicotear su restaurante y de armar un escándalo enfrente de los clientes, y por ultimo me amenazaba con “graves consecuencias” si volvía a hacer algo parecido, es decir, a preguntar por mi sueldo. Esa fue la gota que rebalsó el vaso.

Esa misma tarde renuncie y acepté trabajar una semana más para que tengan tiempo de reemplazarme. Al día siguiente me reuní con el marido de la encargada para discutir el tema. Empezó por decirme que al renunciar sin aviso previo había roto el contrato y que por lo tanto no me iban a pagar el sueldo. Ya sacado de quicio, golpee la mesa atrayendo las miradas de todos los comensales del restaurante y le dije en voz alta:

– ¡Me vas a pagar hasta el último centavo! ¡Ni mañana ni más tarde, ahora mismo!

– ¿Pero ves cómo te pones? – me contesto, de pronto cambiando su tono de prepotencia por uno más sumiso – nosotros te dimos la oportunidad de trabajar y vos nos lo devolves así.

– ¿Estás loco? Éste es uno de los peores ambientes laborales en los que he tenido que trabajar. Vos y tu mujer no tienen la menor idea como administrar un negocio. No quiero tener nada más que ver con ustedes. Págame lo que me debes y no me vas a ver nunca más.

Dicho esto, se levantó y fue a la caja. Volvió y me dijo que me iba a pagar en efectivo las horas extra y que esa misma noche me iba a entrar el pago del sueldo por el mes pasado. Como pequeño desquite, una vez que me dio la plata en efectivo, le pedí que esperara mientras la contaba dos veces, que era una cuestión de desconfianza. Esa noche recibí el pago y ya no volví a dar la cara en Superladrones.

Así termino mi primera experiencia laboral en Berlín, un día de lluvia a comienzos del invierno. La tranquilidad de haber cobrado se mezclaba con la incertidumbre del desempleo. Pero Celeste ya llevaba casi dos meses trabajando en el hotel, y me avisó que en unas semanas se abriría una posición de portero a la que yo podría aplicar. Envíe mi currículo y una vez más volvía a la impaciente espera de una respuesta, de otro golpe de suerte.

Vivir en Berlín: entre amigos y atajos

Si algo hizo especial a Berlín para mí fue el grupo de amigos que me esperaban. Además del flujo constante entre argentinos que viven primero en Copenhague y después en Berlín (y viceversa), en la ciudad contaba con un amigo fijo que me introdujo a toda su banda de locos argentino-berlineses. Conocí a German el mismo día que a Celeste, en el mismo vuelo de Buenos Aires a Auckland allá por el 2011. Viví y trabaje con él durante varios meses en Nueva Zelanda, hasta que nuestros caminos siguieron por sendas diferentes, para volverse a encontrar tantos años después en el centro del universo, en Berlín.

Con él y sus amigos, que pronto se volvieron los míos, gire por la ciudad conociendo sus rincones más secretos. Fueron un atajo para un recién llegado hambriento por ver que había bajo la superficie de los museos y los hermosos edificios gubernamentales, qué se escondía a la larga sombra de la TV Tower de Alexanderplatz. Ellos me mostraron el mundo de los Späti, los quioscos nocturnos donde se puede comprar y tomar cerveza cualquier día a cualquier hora; los bares donde se juega al pin pon en ronda; y los atardeceres más locos en Humboldthain y en Tempelhoff. Y me regalaron también un pedacito de hogar que no tenía desde que nos fuimos de Argentina: un grupo de amigos. Ese cinturón extra de contención que uno siempre da por sentado hasta que no lo tiene (como todo lo demás ¿no?).

Berlín va a ser siempre eso, la ausencia de la soledad, la disponibilidad de amigos, las gigantescas avenidas, el ruido y el contraste, la música callejera y las paredes coloreadas. Las caras del mundo caminando por las calles embutidas en su propio estilo, negándose a estandarizarse, a seguir una moda. Berlín ama su libertad, y la defiende con uñas y dientes. Y el invierno se me vino encima, y el frío puso a prueba esa vitalidad que tanto enamora a su gente.


Lee la segunda parte de éste relato acá



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3 respuestas en “Vivir en Berlín (parte 1)”

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