Vivir en Berlín (parte 2)

Celeste en el Bosque de Grunewald en Berlín

Vivir en Berlín era formar parte de algo más grande que uno mismo. Como un organismo vivo, la ciudad tiembla en ondas de creatividad y arte, vibra con la libertad más pura. Sí, eso se siente: libertad. Berlín te da el espacio para que te vistas como quieras, para que camines para atrás, para que cantes por la calle, para que rompas las normas, para todo eso y mucho más. Para lo que quieras. Es una ciudad que lo ha visto todo, que por nada se impresiona, que no es fácil de molestar. Así es vivir en Berlín, es sentir el gusto dulce de la libertad, al menos mientras la locura de sus calles no te avasalle y te empuje a abandonarla.


Lee la primera parte de éste relato haciendo clic acá


Vivir en Berlín: los días cada vez más largos

El invierno llego despacio y sin hacer mucho ruido. Solo nevó un día y a la mañana, y para cuando salí de mi casa, la nieve ya era barro en las sucias veredas de la ciudad. Pero si se sintió un frío húmedo que se metía en los huesos. Las largas distancias que me separaban de mis amigos se volvieron cada vez más largas y tediosas. La clave para ganarle al invierno es obligarte a salir, mantenerte activo, me había dicho German, y con razón. Pero cada vez elegí más seguido quedarme en casa que someterme a las frías y oscuras calles de Berlín. Así y todo, gran parte de mis recuerdos del tiempo que viví en la capital son en las estaciones de metro y de tren, algunas de las cuales llegaron a resultarme tan familiares como mi propia casa.

Celeste saco ésta foto camino al trabajo. Para cuando yo me levante, la nieve ya se había derretido.

De todas formas, la ciudad seguía sin adormecerse incluso en lo más crudo del invierno. Berlín es una ciudad joven y llena de sangre caliente, de esa que aguanta el frio. Los bares seguían llenándose y abriendo todos los días de la semana. Me pase gran parte de mis noches de salida en la mesa de pin pon de Schmittz, en Rosenthal Platz, y una vez hasta gane la ronda (jugando con la izquierda, para mayor gloria).

De a poco, los días se fueron volviendo más largos, y el cambio de estación trajo dos consecuencias para mí. Primero, Celeste se fue a Italia a perseguir un sueño suyo; y segundo, me mude a un departamento en Wedding, en el noroeste, con una pareja de Buenos Aires a la que conocí por las redes sociales.

La convivencia fue muy especial desde el primer día. No dejó de sorprenderme hasta el día en que nos dimos los abrazos de despedida lo fácil que encajábamos los tres, como piezas bizarras de un rompecabezas sin forma. Tres almas singulares arribadas a Berlín por razones diferentes, en tiempos distintos, sin conjunción de sueños ni objetivos, sin comunión de ideas ni de ideologías. Compartimos una convivencia de esas que se dan muy cada tanto, ayudadas por la coincidencia (o quien sabe qué).

Los meses siguientes fueron duros, pero por todo el desgaste que sentía en mi trabajo, en la ausencia de Celeste, en las larguísimas distancias que recorría cada día en metro, Berlín me recompensaba con un clima cada vez más benigno, con días largos y atardeceres hermosos, con amigos nuevos, con cenas espontaneas, con Radlers espontaneas, y con todo eso que hace a hermoso a las Working Holiday Visas: la posibilidad de crecer, de absorber nuevas ideas, de vivir nuevas experiencias.

Mi mayor motivación era llegar a esa parrillada en el parque, a ese atardecer en el Tempelhoff, no perderme esa salida al Schmittz ni esa fiesta en la casa de un amigo. No podía llevar la cuenta de todo lo que pasaba y por momentos sentía que vivía en la locura de Jack Kerouac en sus días en Manhattan. Una frase de su libro resonaba en mi cabeza y se hacía más presente siempre que veía a mis amigos, que tan bien encajaban con la personalidad atolondrada de Berlín:

Porque la única gente para mí son los locos, los que están locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, deseosos de todo a la vez, los que nunca bostezan o hacen un comentario mundano, sino que arden, arden, arden como fabulosas velas romanas, explotando como arañas a través de las estrellas.

En el Camino – Jack Kerouac

Trabajar en Berlín (segundo round)

Después del mal trago por el que había tenido que pasar en mi primer trabajo en Berlín, estaba decidido a trabajar de lo que sea, mientras sea con un buen contrato y un buen empleador. Encontré eso en el hotel donde trabajaba Celeste. Me fue bien en la entrevista a mediados de diciembre y arranque a trabajar ni bien cambiamos de año, en pleno invierno.

Firmé el contrato más grueso que he leído en mi vida, pero contento. Eso buscaba: cuentas claras. Se suponía que era portero, pero los primeros dos meses trabajé en la barra del hotel, cosa que disfrute porque era ahí donde más a gusto me sentía. Y mientras duro esa etapa, todo fue para bien. Ya conocía el trabajo y el ritmo laboral era tranquilo y ordenado. No había sorpresas, ni maltrato ni abuso de autoridad. La mayoría de las noches compartía el servicio con Celeste y el turno se me hacía aún más ameno. Empece a ahorrar de vuelta y proyectos pospuestos en mi mente volvieron a tomar forma.

Un día, cuando Celeste ya se había ido, me pusieron de ayudante de cocina

Pasados los dos meses me cambiaron a portero, lo que me convirtió inmediatamente en el “che, pibe” del hotel – nada nuevo para mí, que había pasado por lo mismo en el inclemente desierto australiano –. En realidad, el mayor problema que afronté en los meses que siguieron fue la falta de cosas para hacer, que por supuesto no es un gran problema para tener. Me pase la gran mayoría de mis horas de trabajo mirando Netflix y leyendo, escondido en la sala de lavandería del subsuelo, ayudando en la barra cuando hacía falta, y tratando de mantenerme al margen del innecesario (e inevitable) chismerío que circulaba siempre entre mis compañeros de trabajo.

Dejar Berlín

Una constante en todas las Working Holiday Visas es que siempre hay que irse cuando se está en la cresta de la ola. A mí me llego el momento por adelantado. Un mes antes de terminar mi contrato de trabajo, no aguante más: la ansiedad que me provocaba el ritmo cada vez más acelerado de la ciudad, las horas y horas que pasaba en el metro recorriendo las larguísimas distancias de Berlín, el aburrimiento atroz que soportaba en el trabajo, y sí, la ausencia de Celeste, me terminaron por cansar.

Me gustaría decir que me costó irme de Berlín, pero hasta cierto punto me fui aliviado. Berlín es una ciudad muy especial, llena a rebosar de matices, pero no es para cualquiera. No es una cuestión de gustos musicales, ni de origen ni de personalidad. Ignoro cuál será la cualidad que hace a alguien engancharse de Berlín, pero la chispa que atrapa a su gente es real y casi tangible, casi. Yo no la sentí en los meses que la llame mi hogar, pero no por eso no la quise, y de hecho la extraño en lo que más disfrute: su naturaleza, sus bosques y sus parques, y sus mesitas de pin pon por todas partes, y en las radlers compartidas con amigos. Al final de todo, poco más importa.



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4 respuestas en “Vivir en Berlín (parte 2)”

Muy linda bitácora, y qué hermosa Berlín.
Es mi ciudad favorita de Europa, y me encantaría en algún momento quedarme un tiempo a vivir en ella.
¡Muchas gracias por compartir tu historia! ¡Saludos!

¡Gracias a vos por leernos!
Berlín es una locura, pero una locura linda, de esas que hay que vivir alguna vez en la vida. Ojala lo puedas hacer. ¡Saludos!

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