Sicilia para armar (parte 1)

Atardecer en Catania, Sicilia

La ruta se estira sinuosa tierra adentro entre las suaves colinas y los dilatados valles de la campiña. Devoramos kilómetro tras kilómetro de sinuoso asfalto abrazando la hermosa geografía siciliana en un viaje sin descanso. Nos propusimos la antítesis de nuestro acostumbrado deambular: un viaje apurado, incomodo, abarcativo. Queremos verlo todo al mismo tiempo. Tenemos hambre de aventuras, de amaneceres en la ruta y de atardeceres en el mar, y de viajar a Sicilia, esa tierra que se mueve caprichosamente entre el reino de los sueños y la realidad.

Después de cobrar un reembolso de Ryanair por un retraso en un vuelo, decidimos aprovechar la oportunidad para alquilar un auto y pegarle a la ruta durante 8 largos días. Lo que sigue son las entradas de mi cuaderno, escritas mientras todo sucedía. Son subjetivas, como lo es siempre una mirada carente de perspectiva, son los momentos tal como los vivimos, día a día.

Viajar a Sicilia (Día 1): Catania

Fuimos temprano de Messina, adonde habíamos llegado con el Ferri, a Catania. El viaje fue placentero y traqueteante a bordo del tren. Viajamos a lo largo de la costa aunque no siempre a la vista del mar. El tren se retrasó más de una hora, por lo que nuestra idea de ir a la playa y luego a la ciudad se vio trastocada.

Catania es una linda ciudad con un casco histórico preservado y particular: en lugar de ser sus catedrales y palacios íntegramente blancos o marrones (como casi siempre en Italia), son en su mayor parte negros. Cabe aclarar: Catania ha existido siempre a la sombra del amenazante volcán Etna. Ya desde la turística Vía Etnea se puede ver, a lontananza, una estribación del gigante.

¿Será que el color negro de los edificios antiguos se debe al uso de piedra volcánica? En todo caso, como es de esperarse, todo puesto de suvenires que se precie vende chucherías de “piedra volcánica”: imanes, pulseras, adornos, estatuillas, ceniceros, etcétera.

Caminamos un buen rato sin rumbo y pasamos varias horas leyendo en distintas plazas de la ciudad. Nuestra capacidad de asombro está por el suelo. Ya no hay catedrales ni callecitas pintorescas que me cautiven, ni que me llamen demasiado la atención. A Celeste menos. Hablamos y coincidimos en que preferimos – en este viaje – enfocarnos en lo natural o diferente a seguir coleccionando recuerdos y más recuerdos de ciudades europeas que tanto se han esforzado a lo largo de los siglos en parecerse.

Con esas cuestiones dando vuelta en mi cabeza como abejas alrededor de un florero, buscamos un mirador desde donde ver el Etna erguido sobre la ciudad. Lo encontramos en la punta de la cúpula de la iglesia de Santa Agata.

Allá arriba corría un vientito hermoso que ascendía desde el mar cargado de olor a sal. La ciudad – la vieja adelante y la nueva atrás – se extendía por debajo como la maqueta de un gigante. En el horizonte la figura del Etna se alzaba solitaria e imponente contra un cielo azul límpido.

El paisaje era precioso y mucho más interesante que todo cuanto habíamos visto en todo el día. Así que nos quedamos; durante un rato largo los dos, pero después yo solo. No me quería perder ese atardecer, a pesar de que me estaba arriesgando a que nos cierren todos los supermercados y nos quedemos sin comprar las provisiones para el día siguiente. El sol cayó muy despacio (¿o me pareció a mí por mi impaciencia?) y de a poco pintarrajeo la ladera del Etna al tiempo que hacía lo mismo con los techos más altos de la maqueta.

Viajar a Sicilia: El volcán Etna se alza sobre Catania

Este viaje viene siendo un constante redescubrimiento del enfoque en los momentos, y en el aquí y ahora.

Viajar a Sicilia (Día 2): Cefalu y Mezzoforno

Escribo entre el ruido de autos, máquinas y conversaciones. La mesita temblequea constantemente y el café me mira con ganas. Arranca el segundo día de viaje en auto por Sicilia. Del Aeropuerto de Catania nos vinimos directo y por autopista hasta Cefalu en la costa norte, cerca de Palermo.

Tomamos la autopista, que aunque menos escénica que la ruta es también un camino más fácil para Celeste, que hacía varios años que no manejaba. Yo a pesar de mis ganas de volantear esta ruta (tengo vencido el carnet), aprovecho la oportunidad de dedicar más atención al paisaje: es casi como lo imaginaba pero más real, como suele ser. Es un mar tierra adentro de suaves y abundantes colinas. Una sobre otra, sobre otra, y así.

En Cefalu (en realidad, en las afueras) hicimos parada a almorzar y fuimos a la playa. Era una costa en forma de W, con arena gruesa, fondo rocoso y plagado de corales, y agua transparente, tan cristalina como cualquier marea del caribe o el sudeste asiático. En esta playa, llamada Mezzoforno, estábamos casi solos. La sensación de privacidad y el silencio interrumpido únicamente por el infinito barrer de las olas eran como un analgésico y, bajo el azote del sol, me dormí.

Viajar a Sicilia: Ariel en Porto Faro
Si no te pican los ojos es que no miraste bien

Más tarde dejamos el auto en el estacionamiento de un supermercado y caminamos hasta la ciudad. Si la isla de Bali es el patio trasero de Australia, Sicilia debe ser el de Alemania. El centro de Cefalu estaba explotado a rebosar de turistas que me recordaban a mi recién abandonada Berlín. Las playas céntricas, que en Internet se ven tan lindas – y vacías – presentaban tal nivel de aglomeramiento que al detenernos a mirar me pareció que asistía a una muestra de los infames zoológicos humanos de principio del siglo anterior. Cada centímetro de arena estaba ocupado y capitalizado.

La ciudad vieja de Cefalu resulto pintoresca, aunque poco más. Calles empedradas, edificios antiguos y achaparrados, una terraza de la época romana y (por supuesto, ya que esto sigue siendo Italia) una catedral. Pero cualquier encanto que alberguen las calles de cualquier ciudad se ve opacado en el momento en que una horda de turistas habidos de consumo las invade. Da para pensar, que lo que más me llamo la atención fueron unos pequeños piletones de piedra donde las lavanderas romanas lavaban la ropa.

Antes de devolvernos al lugar de descanso que habíamos elegido (el estacionamiento de Mezzoforno) busque un punto alto en el mapa y manejamos hasta allá. Antes de llegar, a medio camino de la colina, pasamos por un espacio que se abría en la banquina de cara al mar, la ciudad, las dos torres de la catedral y la gigantesca formación rocosa a su espalda: La Rocca.

El sol bajaba rápido a mi izquierda pintando el horizonte infinito del mar de oro y naranja. En ese momento me sentí contento con todo: con el viaje, con nosotros por elegir caminos que nos llevaron hasta ahí y con Sicilia que no decepciona. Son momentos que quedan guardados en lo efímero de un pestañeo, pero cuyo eco resuena en la eternidad de los recuerdos. Imágenes que se archivan en la memoria para poder volver a voluntad.

Viajar a Sicilia: Cefalu desde la ruta al atardecer

Trepado al guarda-raid saque algunas fotos y, antes de que la oscuridad trepe por el este, fuimos a descansar. Ya era violeta y rosado el cielo cuando dimos por terminada la jornada.

Unas ensaladas, un capítulo de Netflix, los asientos reclinados, las toallas tapando las ventanillas, y si no fuera por el repelente y las luces de los autos que pasaban, podríamos haber estado en hostel.


Lee la parte 2 de Sicilia para Armar haciendo clic acá



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