En comunión o en el sendero de Theth

Nos tomó casi un día llegar de Tirana a Theth, en los Alpes Albaneses. Un colectivo, una camioneta y varios kilómetros de caminata por asfalto, tierra y monte. Por fin llegamos a la casona en la cima del valle. Esa primera noche escribiría en mi cuaderno:



“Escribo rodeado de montañas. Estoy en el patio de una vieja casona familiar, de esas en las que convivían varias ramas de la misma familia. En realidad más que patio es una terraza natural. El único sonido es el de la campana atada al cuello de una cabra que anda pastando en el patio/terraza de enfrente. Cerca hay un semicírculo de esas cajas donde los apicultores crían a las abejas. Uno de éstos, vestido de blanco y calzando ese sombrero con red, camina de caja en caja con la pasividad del campo. Unos techos, más abajo, son lo último en distinguirse antes de que el profundo valle corte hacia abajo y la vista salte a la cara opuesta, donde las montañas ya ocultan el sol.

Corre un aire fresquito y flota perezoso un olor a pasto y a tierra mojada. La señora de la casa me hizo un café (negro y con borra) y a Celeste un té. El hombre va de acá para allá arreglando cosas. Una carretilla, una mesa con mantel, un perro adormilado. La escena es completa y parece la extensión de una obra que lleva siglos actuando. Es un momento de literatura perfecta: nada sobra ni hace falta.”

La vista desde la casona en Theth
La vista desde la casona en Theth

El hechizo se rompió una hora más tarde. La hija nos vinos a preguntar si queríamos que nos preparen la cena: diez euros por persona, y cinco el desayuno. No hizo falta que preguntáramos en que consistía. En Albania por esa plata se puede comer tres días. Habíamos llevado unos fideos y pedimos usar la cocina. Ya no volvimos a estar tan cómodos.

Esa noche dormimos mal. De una de las tablas de madera del techo empezó a bajar un ruido frenético, rasposo, como si un perro buscase desesperado un hueso que roer. Eran las tres de la mañana, afuera la noche seguía cerrada y silenciosa y nubecitas de aserrín caían del techo de la pieza iluminadas por mi linterna. Me levante y me ayude de una botella de agua para pegarle al techo. Una, dos, tres veces. El rasqueteo paraba unos segundos antes de volver a arrancar. No había otro ruido: ni jadeos ni suspiros ni ladridos ni chillidos. Nada.  Nos miramos desconcertados. De ir arriba a fijarse de que se trataba, ni hablar. Celeste se refugió en la ilógica seguridad que nos produce a todos taparnos con una frazada. Después de casi una hora de indecisión le metí un tremendo golpe al techo que se debió haber escuchado en medio valle, y los arañazos frenaron. Volvimos a dormir esperando que haya sido todo una impresión nuestra, una especie de mal sueño compartido. La montañita de aserrín en el suelo fue lo primero que vimos cuando nos despertamos al despuntar el alba, unas horas más tarde. La hija bajando del piso de arriba para ir a desayunar, lo segundo.

Desayunamos cruzando alguna mirada incomoda con la chica. ¿No escucho el ruido? ¿Era ella quien lo provocaba? – un misterio, y uno que no supimos resolver –. Tragamos el café y alguna galleta y arrancamos a caminar, colina arriba.

Cuesta arriba cuesta, cuesta abajo duele

Subimos sin parar durante cinco kilómetros largos siguiendo el sendero que va de Theth a Valbona. La casona quedaba a un kilómetro arriba del centro así que arrancamos con ventaja y estuvimos solos casi todo el camino. De tanto subir parecía que no íbamos a llegar nunca. Pasamos una pradera verde y extensa castigada por el sol. Nos metimos en un bosque y era como ser unos náufragos nadando contra la corriente de piedras, tierra y árboles que nos rodeaba. Los arboles eran altísimos, torres viejísimas de madera y hojas.

Celeste caminando en el sendero Theth Valbona
Celeste caminando en la pradera del sendero Theth – Valbona

El único vestigio de humanidad en el camino fue una casa de madera convertida en alojamiento y cafetería. Sentimos el olor a fuego alimentado con bosta antes de ver el techo a dos aguas. Era el mismo olor que inundaba los pueblos a lo largo del Camino de Annapurna en Nepal. Un balde lleno de hielo y botellas de gaseosas y cervezas al triple de su precio invitaba a los senderistas a detenerse, y de fondo sonaba música folclórica albanesa. Ningún extranjero había caído todavía en la trampa. Todavía.

En la cima el paisaje quedaba más allá de las descripciones. Era interminable y profundo. Verde y rocoso, accidentado y suave. En un parche de sombra bajo un árbol achaparrado almorzamos y Celeste se quedó descansando, mientras yo me fui a recorrer la cima que se extendía a izquierda y derecha. La vista era avasallante, es decir, te disminuía al mundo de las hormigas y de los seres microscópicos.

Es una de las cosas que amo de la montaña. Es imponente y desafiante, terrorífica e inalcanzable. Eso es: inalcanzable. Es ahí cuando me siento en comunión no solo con la naturaleza sino con el mundo y conmigo mismo. Es paz que entra por los ojos y por los poros, por los músculos cansados. Es el paso en el que se equilibra la vida. Es la simpleza de esa apuesta: cada paso al borde del abismo es una mano más en la que me juego todo. Pero lo doy, siempre lo doy. Es confianza en mí mismo, en mi fuerza, en mi equilibrio, en mi inteligencia. Es el viento que me tironea la remera, la montaña que me habla. Me vas a ver, parece decir, pero no me vas a conquistar. Caminar así es libertad.

La vista desde la cima del sendero Theth Valbona
La vista desde la cima del sendero Theth – Valbona

La bajada me recordó un hecho que se aplica a cualquier aspecto de la vida: subir siempre es más difícil, y bajar más doloroso. Cinco kilómetros cuesta abajo por el mismo camino, el mismo mar, la misma pradera, la misma casita de madera convertida en cafetería – ahora atestada de turistas –. Las rodillas nos ardían tanto como los hombros y la nuca castigados por el sol.

De vuelta en la casona en el valle de Theth evaluamos. Podíamos dar el día por terminado, pero eran recién las cuatro de la tarde. Podíamos ir hasta una cascada bien turística, uno de los tenes que de la zona, pero estábamos a seis kilómetros cuesta abajo y ni queríamos imaginarnos esa vuelta cuesta arriba. O podíamos ir a la cascada de la familia, la que conocían solamente los dueños de la casona.

Llegamos siguiendo un sendero viejísimo y casero, artesanal. Peligroso. El agua que baja de la montaña siempre es fría, helada, y limpia. Teníamos la cascada para nosotros solos. Tomamos agua helada hasta saciarnos y después metimos los pies y nos tiramos a la sombra. El silencio flotaba en el aire interrumpido solamente por la naturaleza: alguna rama que se inquietaba con el viento, los dos chorros que castigaban unas piedras, el agua que fluía corriente abajo. Si hay una forma mejor de terminar un día que empieza mal, que me la cuenten.



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