Sicilia para Armar (parte 3)

Caminando por la Scala dei Turchi en la isla de Sicilia

El cansancio nos pesaba y la falta de sueño nos hacía parpadear pesado pero en la ruta el que se duerme, pierde. El calor nos obligaba a movernos: no habia refugio para nosotros en ese deambular apurado por la isla de Sicilia. Pasabamos horas, día tras día, comiendo asfalto pero al final nos empalagamos de tanto andar. Iba siendo hora de enfilar la vuelta, el viaje ya encaraba su recta final:


Lee la parte 2 de Sicilia para Armar haciendo clic acá


Ruteando la Isla de Sicilia (Día 4): La Escalera de los Turcos

A pesar de que habíamos pasado frío a la noche, el amanecer trajo un calor que nos empujó a movernos. De casualidad encontramos una cafetería cómoda con enchufes y el mejor café que hemos tomado en la isla de Sicilia, o mejor dicho en Italia, país donde nadie tiene tiempo de sentarse a disfrutarlo y donde la costumbre es endulzarlo hasta convertirlo en una pasta azucarada. Así que nos relajamos y, mientras los teléfonos se cargaban, nos pusimos a escribir.

La idea era tomarnos ese día con calma. Compramos unas ensaladas para almorzar, y partimos para el único destino de la jornada: La Escalera de los Turcos.

Cabe aclarar que ni era una escalera ni había sido usada por los turcos. Pero sí que era impresionante: un acantilado blanco escalonado en una sucesión de suaves y niveles curvos  que van desde el mar – celeste, turquesa y azul – hasta la cima, a unos cuarenta metros de altura.



La razón geológica por la que esa sección en particular del larguísimo acantilado era de un blanco brillante e inmaculado no la sé, ni puedo decir que me interese. Si sé que los piratas sarracenos, a quienes los locales confundían con turcos (como seguramente aún harían), usaban esas “escaleras” para acceder a la isla.

Llegamos una hora antes del mediodía y el calor ya era abrasador. Tanto así, y tan larga fue la caminata desde el auto hasta la playa adyacente a la Escalera, que decidimos tirarnos al agua y almorzar antes de continuar.

A pesar del ejercito de turistas desperdigados por cada rincón accesible de la Escalera, el lugar inevitablemente impresiona, o al menos lo hace imaginarlo desnudo de gente, de barullo, de cámaras. ¡Por acá escalaban piratas! Buscando plata, esclavos, sangre, iban cuchillo en boca, revolver a la cintura, los dientes cariados adornando sonrisas asesinas, el terror de cualquier pueblo costero del mundo. Ahora es un lugar instagrameable y poco más.

La Escalera de los Turcos en la isla de Sicilia
La Escalera de los Turcos en la isla de Sicilia

La masificación del turismo provoca entre otras cosas – algunas buenas, la mayoría malas – una banalización del mundo. Hoy, hordas de turistas se amontonan, palito selfie en mano, para fotografiarse en el lugar. Alguien por ahí ha puesto musica con su celular y el momento es ambientado al ritmo de un reggeaton. Un guarda le toca el silbato a un grupo de alemanas que se treparon varios pisos más arriba (ignoro cómo, con lo resbaloso que es el suelo) y toman sol en topless. Un pibe musculoso camina de un lado para otro mientras su amigo lo filma y lo va corrigiendo (ocupan dos escalones enteros en ésta tarea).

Cuando me cansé del reflejo del sol en la piedra blanca lastimándome los ojos, nos volvimos a Madalusa. Esta vez nos quedamos en la playa hasta que el sol se fue a brillar a otros horizontes. Fuimos casi los últimos en dejar la playa.

Mirando las olas suaves en silencio, se me dio por pensar que el mar (así como el río) es el mayor exponente de la impermanencia de las cosas. La marea siempre cambia, nunca están quietos ni los mares, ni los océanos. Son movimiento en la misma medida en que las montañas son quietud. En mi vida necesito cantidades equilibradas de ambas para estar en paz.

Atardecer en Madalusa, en el de la isla de Sicilia
Atardecer en Madalusa, Sicilia

Ruteando la Isla de Sicilia (Día 5): Modica y Porto Fano

Al quinto día el desgaste en nuestra energía se empezaba a notar. Ya no teníamos grandes planes. Cefalu y la Escalera habían sido dos puntos guía en nuestro plan (así como Lercara Freddi, claro) y ahora nos encontrábamos tomando un café en la misma cafetería que el día anterior, mirando el mapa de la isla de Sicilia. Analizando el terreno de la costa este de la isla, convenía ir tirando para ese lado, encontré una extensión de playa que prometía varios espacios abiertos donde pasar la noche.

Encaramos la ruta cerca del mediodía. Al avanzar tan pegados a la costa las colinas mostraban panzas más flacas que se cruzaban e intercalaban, unas veces tocándose, otras echando un suave valle entre sus pies.

De camino a la costa frenamos en Modica, un pueblito de esos que existen en los rincones más perdidos de la blogosfera. Es famoso (mejor sería decir que tiene cierto renombre) por el chocolate que ahí fabrican sus artesanos. Estos utilizan orgullosamente un método ancestral, ajeno y robado: el de los aztecas.



Ya por mis lecturas de Gary Jennings sabía que los mexicas eran grandes productores de chocolate, tanto comestible como bebible (aunque era un lujo de la aristocracia). Creo que en Europa no existía todavía cuando los invasores españoles llegaron a América, y al parecer los secretos fueron parte del botín.

De alguna forma que ignoro los artesanos de Modica hicieron suya la técnica cuando la isla de Sicilia formaba parte del Reino de España. Unos siglos más tarde estacionamos nuestro autito en el centro del pueblo, después de aprovechar un bebedero para cargar todas nuestras botellas de agua. Probé unos bocados de un chocolate picante en un negocio en el que Celeste compro una postal para su colección. A fe mía que fue uno de los chocolates más ricos que he probado.

Caminamos una hora y pico por el pueblo subiendo y bajando sus callecitas empinadas – el mismo se encontraba a ambos lados de un angosto valle –, y hubiéramos seguido pero el calor era atroz.

Volvimos al auto, a la ruta, y al este un poco más tarde. El balneario se llamaba Porto Fano y quedaba en las afueras del pueblo de Pachino. La playa era tan linda como todas las anteriores al punto de que si la describiera pecaría de repetirme. Cabe decir que era espaciosa, de arena fina y clara, aislada y local. Si no éramos los únicos extranjeros, casi.

El agua fue un auténtico alivio. El sol se puso a nuestra espalda y solamente dejamos la playa por la necesidad de ir al supermercado a comprar algo para cenar antes de que cierre. Esa noche dormimos en la costa, cerca de varias casas rodantes, detalle que dio tanta tranquilidad a Celeste que, por primera vez en tantos días, pudo dormir.


Lee la parte 4 de éste relato haciendo clic acá



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