Sicilia para Armar (parte 4)

Celeste al amanecer en la costa de Sicilia

Toda la magia de viajar por Sicilia se condenso en esa noche. No por nada diran que el 7 es un numero especial: para nosotros la séptima noche fue una sucesión de sorpresas imposibles, de momentos dilatados y recuerdos frescos. Vimos una fábrica de lava y nubes, una cúpula de luciérnagas titilantes y un viajero solitario que brillaba a la distancia. Nos vimos a nosotros mismos y nos encontramos, en el final de este relato, con todo eso que buscábamos desde el principio.


Lee la parte 3 de Sicilia para Armar haciendo clic acá


Ruteando Sicilia (Día 6): Noto y Siracusa

El sol se puso a nuestra espalda y la aurora llego temprano a encandilarnos. Tapamos las ventanas con toallas y el pañuelo rojo de Celeste, pero donde la luz no filtraba, pronto llego el calor. Aprovechamos que teníamos las botellas llenas (entre todas hacían unos doce litros) para lavarnos la cabeza.

Yo lo hice al lado del auto con la ayuda de Celeste y un par de litros de agua. Ella en cambio fue a mojarse el pelo primero en el mar. Verla ahí, recibiendo la caricia del agua salada al amanecer, en la soledad de esa playa escondida entre dos elevaciones rocosas, fue como una canción para mis ojos.

Celeste al amanecer en la costa de Sicilia
Celeste al amanecer en la costa de Sicilia

Arrancamos camino al norte, empezando a cerrar el triángulo que habíamos dibujado mentalmente sobre el mapa de Sicilia cuando los pueblos y las playas todavía eran puntos anónimos sobre el papel.

Fuimos primero a Noto guiados por un capítulo de Chefs Table (una serie documental de Netflix). Ahí se encuentra la mejor granita de toda la isla – o al menos la más famosa –. Noto es un pueblito ubicado sobre un suave monte, con calles estrechas y una avenida donde se encuentran sus edificios viejos e “importantes”. Léase: comuna y catedrales.

Desayunamos en Café Sicilia una granita (Celeste de limón, yo de almendra) con brioche. Estaba exquisita pero es la única que probé, así que qué se yo, no sé si valía la pena pagar el doble que en cualquier otro local.

De Noto nos fuimos a Siracusa, una de las ciudades más turísticas de Sicilia. Podría extraer recuerdos y escribir varios renglones sobre iglesias, puestos callejeros y ruinas romanas. Pero sería una falsedad. Sea por el calor inaguantable (la ola de calor estaba en su apogeo), sea por la marea arrolladora de turistas inundando cada vereda, la ciudad no me gustó (y a Celeste menos). Lo único destacable fue la costanera con su paisaje de aguas cristalinas – aunque bastante sucias –, y una aplicación que descargamos para estacionar, una especie de parquímetro móvil.

La costa de Siracusa en Sicilia
La costa de Siracusa en Sicilia

Apabullados por el calor, seguimos viaje rumbo a la playa. Atraídos por una extensión de costa en forma de V hacia afuera, fuimos a la playa de Priolo. Después de muchas vueltas pagamos el estacionamiento en la calle y nos fuimos a tirar a la arena, pero el viento soplaba con una insistencia insoportable.

El calor nos hartaba por lo que dejamos las cosas a merced de la arena y el viento y nos metimos al agua. Poco más pasó ese día digno de mención. Nos prometimos no volver a visitar una ciudad tan turística por un tiempo, al menos mientras dure la temporada alta en Europa. Esa noche dormimos otra vez rodeados de casas rodantes, para comodidad mental de ambos.

Ruteando Sicilia (Día 7): Agnone y el Etna en erupción

El amanecer del séptimo día nos encontró de un humor tenso pero pacifico, y es que ya estábamos podridos de tanto movimiento sin pausa, tanta incomodidad sin respiro. El auto ya empezaba a apestar, nos moríamos por una ducha y una noche durmiendo en una superficie horizontal. Queríamos dormir hasta tarde sin ahogarnos de calor.

En estos casos, en que las circunstancias están más allá de nuestro control (no íbamos a devolver el auto antes de tiempo), nuestra norma tacita es siempre callar las quejas lo más posible y ponerle la mejor cara al aguacero.

Ese día visitamos dos castillos, pequeños y caídos del mapa, que quedaban en unos pueblitos anónimos. A esta altura, poco nos interesaron más que como una excusa para frenar y estirar las piernas. Arribamos a la playa de Agnone poco después del mediodía, estacionamos en un amplio espacio de tierra y caminamos por la arena hasta un punto con suficiente espacio alrededor (lo ideal es lo máximo posible), echamos la toalla y nos metimos al mar.



El día era un sueño. La arena era fina y la playa amplísima, el agua transparente como siempre en Sicilia (no se me ocurren más o mejores adjetivos para describir la marea de cristal que acaricia cada metro de esa costa bendecida), el viento soplaba del sur con suavidad y el sol estaba en su fase declinante del día.

A eso de las seis, sin embargo, nos fuimos a caminar por la calle que daba a la playa, la principal del pueblo. ¡No! Me engaña la memoria. Eso fue después de ver el volcán Etna en erupción. Adonde fuimos entonces fue al supermercado del pueblo, poco más que una despensa.

Volvimos, estacionamos, y nos bajamos a leer y ver la luz desaparecer mientras el sol se ocultaba a nuestra espalda. ¡Y entonces lo vi! No podía creer mis ojos. Despistado puedo ser, pero de ahí a pasar horas sin darme cuenta de que al final de la curva que trazaba la larguísima playa se alzaba el Etna, con Catania acostada a sus pies, ya es demasiado.

El horizonte se pintaba de rosa en un cielo límpido y puro, y las únicas nubes parecían provenir de la boca misma del volcán. Intrigado, pero movido por un fuerte presentimiento, busque en internet la noticia que adivinaba, y en efecto la encontré: el Etna había erupcionado unos días atrás.

Estupefacto, me propuse no separar la vista de esa boca que escupía, lenta pero uniformemente, nubes oscuras al cielo. Por un pelo nos habíamos perdido lo más asombroso de la erupción. Llegamos tarde a una cita que no sabíamos que teníamos. Pero pude ver el volcán en las últimas etapas – sí, de lejos – y eso me alcanza para contarme aún más afortunado de lo que, en general, soy.

El volcán Etna en erupción
El volcán Etna en erupción

Pero la fortuna de las maravillas que atestiguaría ese día no terminó ahí. Cuando la oscuridad se comió al fin al volcán Etna, la calle que daba a la playa se plagó de gente y el estacionamiento de autos que entraban y salían. Cenamos en la calle y decidimos caminar hasta donde el pueblo terminaba y el resto de la playa continuaba, que no era muy lejos.

Esa parte de la playa era más oscura y estaba desierta a excepción de una que otra pareja, algunos pescadores silenciosos y dos carpas llenas de ruidosos adolescentes. Las estrellas decoraban la gran cúpula y por un rato caminamos en silencio. Así seguimos hasta que una línea sinuosa de un naranja brillante en el horizonte llamo mi atención. Tuvimos que mirar un rato para estar seguros, pero había dudas: era lava que salía de una ladera del volcán y corría hacia abajo como un rio de fuego, lento y mortal. Miramos un rato y nos volvimos para el auto. Pero como había demasiada gente alrededor, agarramos las toallas y volvimos a la playa.

Al abrigo de un parche de sombra (la calle estaba iluminada por faroles y bares) nos tiramos en la arena. El cielo era como un colador de oscuridad por donde asomaban infinitas bombillas de luz. Alejados de la calle, el único sonido era el susurro del mar que conversaba en secreto con la orilla. No recordaba la última vez que nos habíamos echado en silencio a ver las estrellas. Pero el firmamento a nosotros siempre nos transporta al desierto de Australia, con su regusto solitario, sus moscas y su magia.

Estábamos en paz, viviendo en minutos dilatados, casi detenidos, ajenos al tiempo, flotando. Vi una estrella fugaz, y ahora pienso en lo acertado del nombre, porque dura menos que un latido y siempre las vemos en la periferia de la mirada. Imposible enfocarlas con la desnudes de los ojos. Celeste no la vio por estar mirándome a mí, pero más tarde ambos vimos el solitario deambular de un satélite, o quien sabe, quizás un cometa.

Mirar las estrellas es la forma más extraordinaria de ver la resaca de un pasado tan lejano que nuestras mentes carecen del poder de comprenderlo. Me preguntó si nuestra luz también viajara por millones de años a través del universo, como titilantes fantasmas de luciernagas, resabios de lo que fuimos alguna vez.

Día 8: vuelta a Catania

El último día de nuestro viaje por Sicilia apenas merece mención. Fuimos a la playa hasta el mediodía, almorzamos en un supermercado y cerramos el gran triangulo que habíamos trazado volviendo a Catania. Fuimos a una de las tres playas públicas de la ciudad, que por ser domingo y agosto estaba explotada de gente.

El mar estaba agitado y golpeaba la costa con olas que me hicieron pensar en el Canasvieiras de mi infancia. Pero creo que esas olas eran mucho más altas, o quizás yo era mucho más chico.

Esa noche, por primera vez en 8 días, comimos en una cantina en lugar de en el auto o en la calle. Una piza, unas papas, una birra y un brindis. Lo difícil fue encontrar donde dormir. Había, a lo largo de la costa, muchísimos descampados abiertos donde estacionar. Elegimos el más grande y nos frenamos en un espacio apartado de los demás autos. Inmediatamente dos autos se estacionaron, uno a cada lado de nosotros. Los ignoramos deliberadamente en un primer momento, pero sus ocupantes (hombres) no nos quitaban los ojos de encima, asomando sobre ventanillas polarizadas a medio subir.

Decidimos irnos minutos después, cuando otro auto empezó a dar vueltas atrás de nosotros. Después de eso quedamos un tanto asustados, por lo que dimos muchas vueltas antes de decidirnos por un estacionamiento muy abierto, iluminado y desocupado. Fue una noche incomoda en la que ninguno de los dos durmió mucho, pero nos lo tomamos con soda. Una cama esperaba con la vuelta de las agujas.



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