(Casi no) Llegar a Ucrania

Celeste en el aeropuerto de Odesa

Las colas avanzaban lentas. El militar que atendía la nuestra se rascaba los ojos entre pasajero y pasajero y cada tanto dejaba caer algún bostezo. Era un tipo joven, un pibe, metido en ese uniforme que lejos de camuflarlo en el ambiente iluminado y tan blanco del aeropuerto de Odesa, lo distinguía. Lo resaltaba como la máxima autoridad a la vista. Lo separaba del resto de los mortales, de los seres humanos normales, los que no andábamos armados.



Camuflado para resaltar

Lo unía a los demás militares que andaban dando vueltas, que atendían las otras colas. Todos exhibían semblantes similares: caras serias, seños fruncidos, miradas desconfiadas y desinteresadas. El rítmico estampar de los pasaportes acompasaba nuestra espera. Por fin me toco pasar. Momento de rutina: de cien veces, me habrán parado una. El militar no abrió mi pasaporte ni me lo estampo. “A la silla”, me dijo y me mando a sentar, como una maestra a un nene, como un milico a cualquiera, cualquiera que no sea un milico.

Me deje caer en la silla señalada y suspire. Celeste ya venía en mi dirección, a ella también la habían mandado al rincón. Intercambiamos pocas palabras porque el cansancio amenazaba una pelea. Nos habían parado por los pasaportes, eso era obvio. Es decir, por ser pasaportes argentinos, y no por los sellos (que también puede pasar) porque a ninguno de los dos nos los habían mirado.

Esperamos un buen rato hasta que un milico más grandote y más cara de malo y más panzón de escritorio y más o menos igual de camuflado se nos acercó, nuestros pasaportes en su mano. Se dejó caer al lado nuestro en otra silla. Sin introducción, sin mirarnos siquiera, empezó el cuestionario.

—¿A qué vienen a Ucrania? ¿Cuándo se van? ¿Tienen pasaje de salida? ¿En dónde viven? ¿Alemania? ¿Hace cuánto? ¿Cómo que ya no? ¿Y ahora? ¿Cuándo vuelven a Argentina? ¿De qué trabajan? ¿En dónde? ¿Hace cuánto están en Europa? ¿Cuánta plata tienen? ¡No, no acá, no en efectivo! ¿Cuánta plata tienen? ¡Si! En sus cuentas de banco. ¿Están casados? ¿Por qué no? ¿Tienen dónde parar en Odesa? ¿Un amigo? ¿Argentino?

—Ucraniano —le conteste, apagado. Las preguntas llegaban una tras otra, tras otra, tras otra. No paraba, ni nos miraba. Le conteste, y rece a cualquier dios que tenga ganas de existir para que no me pregunte de donde lo conocía: explicarle a ese milico lo que era Couchsurfing hubiera sido una tortura china.

Nos cuestionó sin mirarnos. Con el celular le saco fotos a las páginas biográficas de nuestros pasaportes y las mando por Whatsapp junto con las respuestas que íbamos dando, que anotaba en un cirílico que de a poco empezaba a acordarme. Celeste bullía como la primera pava de la mañana, mirando el celular del militar como si fuera la cosa más sucia, más indignante que jamás haya visto. Ha mirado a cucarachas con menos fuego en los ojos. “Está mandando todo ésto por Whatsapp, Ariel”, me insistía cada cinco minutos. Yo me masajeaba los ojos y miraba la hora a cada rato. Se acercaban las cuatro de la mañana.



Cabeza de aserrín

Tan sin aviso como el interrogatorio empezó, terminó. El milico se paró y dijo en ese tono de berrinche que tienen los eslavos al hablar en inglés: “cinco minutos”. Paso más de media hora antes de que nos llamaran. De nuevo a hacer cola, de nuevo el martilleo de los sellos, de nuevo cara a cara con un pibe disfrazado, camuflado. Me miró, miró mi foto en el pasaporte, me miró, miró la foto, me miró. “¿Estás seguro que sos vos? ¿Es tuyo éste pasaporte?”, me preguntó. Sí, milico, sí, estoy seguro. ¿Sos corto hijo de puta, cabeza de termo? Si truchara un documento ¿para qué le pondría más de 50 sellos y visas de turismo y de trabajo de todo el mundo? ¿Qué carajo tenes en la cabeza? ¿Aserrín? Pensé. “Sí”, le dije. El militar llamó a otro militar y entre los dos, sumando sus inteligencias y sus años de entrenamiento especializado, decidieron que sí, que el de mi foto soy yo o que yo soy el de mi foto, que vendría a ser lo mismo.

El martilleo. Por fin me selló el pasaporte. Por fin entré a Ucrania. Llevaba 20 años viajando a esa tierra: la de mis abuelos, la del samovar que se trajeron en el barco y que mi abuela cuida tanto, la de mi historia antes de mi historia. Me costó llegar y casi tanto me costó entrar, pero entré. Llegue.



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3 respuestas en “(Casi no) Llegar a Ucrania”

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