Instantáneas de Odesa

Celeste en Odesa

Hace frío y esperamos el colectivo retrasado en el estacionamiento del aeropuerto de Odesa. Tenemos el humor trastocado por cómo nos recibieron los militares en la aduana y nos pone la piel de gallina el frío que se adelanta varias semanas al otoño. Una señora, canas, pollera y ojotas, espera sentada mirando a ningún lado. Sus pies semidesnudos me dan frío. Un cuervo se queja en la rama de un árbol y un señor camina por el estacionamiento, tableta en mano, anotando las patentes de los autos. Después de un rato llega una chica, mira el tablero con los horarios, nos mira a nosotros, mira a la señora, mira al controlador de patentes y se sienta a esperar al lado de Celeste. Yo no me siento, tengo frío. Camino de acá para allá, miro al cuervo, miro a Celeste. Miro a la mashrutca que llega, retrasada.



Nuestra primera mashrutca en Odesa
Nuestra primera mashrutca en Odesa

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Las prostitutas de Odesa

Un ruso del sur me dijo unos días atrás en un hostel de Sofía que Odesa es la capital de la prostitución de Ucrania. Caminamos la ciudad de adentro hacia afuera guiándonos por las indicaciones del mapa para llegar a la casa de Alex, nuestro anfitrión. Los edificios cambian a medida que nos alejamos de la Plaza Estambul, en el corazón de la ciudad: al principio son de estilo colonial, opulentos; después, a medida que nos adentramos en la periferia de la ciudad, empiezan a predominar las líneas rectas y carentes de personalidad de la arquitectura soviética. Son edificios pensados para la practicidad y la economía de espacio. Otra cosa que cambia: en el centro, los stripclubs abundan como las pizzerías en Buenos Aires; mientras que afuera, en las zonas residenciales no existen. Esto me hace pensar en que los consumidores de estos servicios son, en su mayoría, los extranjeros, como el ruso que conocí en Sofía.

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La orquesta de telon

El parque bulle de gente y ruido, y sol y sombra. Grupos de adolescentes caminan de acá para allá vestidos con sus uniformes escolares, cargando libros o mochilas. Hay familias con cochecitos y algún que otro lector. Encontramos un banco libre bajo un árbol y nos sentamos a leer. Más o menos cuando el sol empieza a dejar de calentar nos llama la atención una música que flota hasta nuestro refugio de sombra. Caminamos hasta la mitad del parque y entramos como hipnotizados por el sonido a un teatro abierto. Una orquesta está tocando música clásica ucraniana (a mis oídos, igual a la judía con algún acorde de diferencia) para un público viejo y apático. Tocan a los pies de un escenario donde hay una mesa larga con cinco sillas de espalda a una pantalla gigante que muestra anuncio comercial tras anuncio comercial. Nos gusta la música instrumental y nos gustan los eventos gratuitos, así que nos sentamos en un cantero al lado de las sillas para escuchar.

De a poco van llegando más espectadores. Se llenan las primeras líneas de asientos y los jóvenes empiezan a sacar fotos con sus celulares. Dos abuelas rubias y sonrientes se paran de repente y, en el espacio que separa a la orquesta del público, se ponen a bailar. La gente se despierta como de un estupor y rompe en aplausos al final de cada tema. Las cámaras, digitales y de celulares, florecen por todos lados para retratar a las dos señoras, que bailan tema tras tema. Se suma otra señora, y después otra más. Un señor quiere meterse a la fiesta pero lo ignoran y se vuelve a sentar con una sonrisa de dandi resignado. A la orquesta se suman dos voces de dos mujeres que deben tener megáfonos en sus gargantas. Se terminan de llenar los asientos y empiezan a llegar las cámaras de televisión, las reporteras que se arreglan el maquillaje con una mano y sostienen sus micrófonos exagerados con la otra, los camarógrafos que arman los trípodes y eligen los ángulos. Y entonces, la orquesta termina el tema que tocaba, todos aplauden, los músicos guardan los instrumentos, las señoras se vuelven a sentar, las cantantes se retiran del escenario, y el verdadero espectáculo da comienzo.

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Las paredes de Odesa

Odesa es una ciudad de murales. Pasa mucho en los grandes centros urbanos post-sovieticos: como necesidad de dar vida a edificios muertos el arte es una respuesta natural. Bulle la cultura grafitera pero también, en las ciudades grandes, las marcas indelebles de los grandes artistas de murales. Caminamos por Odesa en busca de esos soplos de vida y encontramos: la silueta de un hombre rellena por una casa en el campo y un faro enfrentada a la silueta de una mujer rellena por un velero navegando en el mar; la figura de una foca rellena de colores, formas, flores, plantas, mariposas y otros animales; un retrato de una mujer blanca intercalada por los rasgos de una mujer negra; un retrato de un merinero melancólico con un loro reposando en su hombro; y a un Totoro gigante dibujado en el frente de una academia de inglés. Celeste se saca fotos con el último, yo intento fotografiarlos todos aunque en algunos casos no me da el ángulo. Algunos que figuraban en el mapa no los encontramos a pesar de caminar durante horas. O ya no están, o será que están escondidos como los tesoros al final de cualquier búsqueda.

Mural de siluetas en Odesa
Mural de siluetas en Odesa
Mural de retrato en Odesa
Mural de retrato en Odesa

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El campeon mundial de la injusticia

Los pelmenis son unas bolas de masa hervida rellenas de papa. La orquesta se retira casi apurada y los periodistas y las cámaras de televisión se preparan para arrancar. Sube al escenario un señor, traje y corbata, y da un largo discurso que nadie escucha y casi nadie aplaude. Un grupo de jóvenes grandotes con remeras idénticas e idénticamente ajustadas a la panza se materializa en el fondo del escenario al tiempo que dos asistentes colocan frente a cada una de las sillas dos contenedores cerrados y dos botellas de agua. Sube otro hombre, traje y corbata y cinto a punto de estallar a la altura del ombligo, y da otro discurso mientras en la pantalla gigante aparece la imagen que lo explica todo: el primer plano es un espejo de lo que vemos en ese teatro abierto en el parque de Odesa: un escenario con una mesa larga, sillas, contenedores y botellas de agua; un hombre sube al escenario, toma el micrófono y habla, pero en inglés; bienvenidos a la competencia mundial de comer pelmenis, dice el hombre en la pantalla, y presenta a los competidores; cuatro son yanquis y uno es ucraniano, cuatro son obesos y el ucraniano es flaco, morocho, barba candado; empieza la competencia en la pantalla y los cinco se ponen a estrellarse pelmenis contra la cara: comen con las manos, desaforados, apurados, les quedan pedazos de masa colgando de las barbas, pedazos de papa boyando en las remeras, salpicando las mesas; la gente del público de la pantalla aplaude, grita, se excita; la gente del publico de Odesa aplaude, grita, se excita; gana el ucraniano, la gente grita más. Termina el video y aparece en el escenario el ucraniano, campeón mundial de comer pelmenis. Toma el micrófono y le habla al público, le agradece, les habla a los competidores, les da consejos. Miro a Celeste y tiene una cara de culo acorde a lo que estamos viendo. Conoce mi fetiche por lo bizarro y sabe que me quiero quedar a ver qué pasa, así que me aguanta.

Los competidores se sientan a la mesa y el público está expectante. Hay un silencio ridículo a mí alrededor. Al costado del escenario entrevistan al campeón, que disfruta de su gloria. Me lo imagino aprovechando sus minutos de fama para encomendar a los niños que luchen por sus sueños, que trabajen duro. Miro al público y veo llegar a un hombre de la calle, camisa abierta, piel cuarteada, pelo escaso y encorvado, que camina despacio, arrastrando los pies. Carga dos bolsas grandes que contienen todas sus pertenencias: se asoma una frazada y algunas botellas vacías, y a mí me gustaría saber que algún tabaco que le afloje el malestar. Tiene la cara seria, no se prende en los aplausos, no se contagia el entusiasmo. Mira al público, mira al escenario, se mira los pies descalzos. Menos mal que estamos en verano, pienso, pero sé que acerca el otoño, que es la orquesta del invierno. Empieza la competencia, los cinco comen con las manos, se estrellan pelmenis contra la cara, se ensucian, los aplauden. Siento asco de todo, de la gente, de los ucranianos, de los pelmenis, de mí mismo. Es duro darse asco. La comida, así, deja de ser comida. Así, la comida se convierte en un obstáculo deportivo, en un elemento a ser desaparecido, en un producto de consumo. Pienso que esto no es más que otro intento de un país que se aferra a occidente con uñas y dientes, que miran al faro luminoso y podrido de las 50 estrellas con ganas de acercarse a su cultura vacía de la abundancia, pero la abundancia no viene por ahí ni llego todavía a las calles de Odesa. El viejo mira a todo el mundo y se le pierde la vista en los pelmenis que se estrellan contra bocas abiertas y desesperadas por tragar. Se me revuelve el estómago, esta vez la bizarreada fue demasiada para digerirla sin dolor. “¿Vamos?” le digo a Celeste. Me mira con la misma cara que antes y arrancamos.



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